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#OPINIÓN // Mucha política, poca administración

Jacques Coste

Es muy famoso el lema “Poca política, mucha administración” atribuido a Porfirio Díaz. Sin embargo, entre todas las interpretaciones maniqueas o mitificadas del porfiriato, se ha perdido un poco el sentido de esa frase.

En realidad, la máxima se sustentaba en algo simple. El siglo XIX mexicano estuvo marcado por una lucha encarnizada y continua entre distintas facciones para hacerse del poder político. Esto ocasionó una enorme inestabilidad económica y social en el país. Por tanto, Díaz pensaba que la solución a los problemas de México pasaba por relegar las pugnas políticas a segundo plano y darle preeminencia a la administración eficaz del gobierno.

Es decir, Díaz y los suyos sostenían que había que dejar atrás esa lucha por el poder político para que México, por fin, se montara en el tren del progreso, entendido en el sentido decimonónico del término: avances industriales, construcción de vías férreas y caminos, urbanización, modernización y crecimiento económico, sin importar que esto llegara a costa de atroces desigualdades socioeconómicas y represión política.

Con estas líneas, no pretendo defender al porfiriato como un gran gobierno, ni mucho menos enaltecer su legado. Los costos humanos de la dictadura de Díaz son innegables. Lo único que busco es explicar uno de sus ejes rectores.

Esta reflexión viene a cuenta porque pareciera que en la presidencia de Andrés Manuel López Obrador se está gestando el proceso opuesto. Tal parece que una de las máximas de AMLO es “Mucha política, poca administración”.

Para explicarme, vuelvo a retroceder en el tiempo, esta vez al siglo XX. En el régimen priista, se construyó un aparato administrativo relativamente eficiente, toda vez que satisfacía muchas de las necesidades básicas de una porción alta de la población, al tiempo de procurar la modernización del Estado, la economía y algunas regiones del territorio nacional.

En síntesis, el partido hegemónico era un instrumento eficiente para contener y dirimir los conflictos políticos, mientras que el aparato administrativo se encargaba de las tareas de gobierno. Quizá había mucha política, pero también mucha administración.

Posteriormente, en el llamado período neoliberal, el gobierno mexicano se sustentaba, en buena medida, en una burocracia capaz, con conocimientos técnicos y formación robusta: la famosa tecnocracia. Por tanto, los funcionarios eran especialistas en distintas áreas de la administración pública. Eran cuadros más administrativos que políticos.

Por supuesto, ambos modelos —el de partido hegemónico y el neoliberal— presentaban graves vicios: desde la corrupción rampante hasta el capitalismo de cuates, pasando por la incapacidad para solucionar problemas como la desigualdad, la pobreza, la inseguridad y la violencia. No obstante, amén de esas importantes fallas y limitaciones, su relativa capacidad administrativa no está en discusión.

No parece que esto le haya importado mucho al presidente López Obrador. Lo que hemos visto durante su gobierno es un desprecio abierto por lo administrativo y una preferencia clara por lo político.

Las mañaneras son el más claro ejemplo de ello: AMLO gasta dos horas diarias —un mundo de tiempo en una agenda presidencial— en una supuesta conferencia de prensa, que en realidad es un monólogo que sirve para mancillar a sus adversarios y reafirmar su narrativa dominante. Así, cada mañana López Obrador hace política pura y dura.

Otros ejemplos ilustrativos son los recortes de sueldos y los despidos de altos funcionarios, que eran profesionales de la administración pública, y su sustitución por operadores políticos sin formación técnica, como Gabriel García y Carlos Torres en la coordinación de los programas sociales federales, o Elvira Concheiro en la Tesorería de la Federación.

Un ejemplo adicional es el desmantelamiento de mecanismos administrativos relativamente eficientes —aunque mejorables— para satisfacer necesidades de la población, como las estancias infantiles, el Seguro Popular o el antiguo esquema de compra de medicamentos, que fueron reemplazados por soluciones rudimentarias que persiguen fines político-electorales.

Un último ejemplo es la idea presidencial de gobernar “por encargos y no por cargos”, que deriva en que el secretario de Relaciones Exteriores gestione la compra de vacunas y la secretaria de Seguridad supervise su aplicación en la frontera norte. Esto ocasiona un desorden administrativo que contribuye a la ineficacia gubernamental.

En suma, el presidente es un animal político. Es hábil para crear un ambiente constante de confrontación, para tejer alianzas cuando las necesita y para debilitar a sus adversarios, pero se pierde en la complejidad de la planeación, la toma de decisiones y la solución estratégica de problemas públicos.

Ése es el gobierno de AMLO: “Mucha política, poca administración”. López Obrador es el político de oposición que, cuando llegó al gobierno, siguió siendo un político…de oposición.

Jacques Coste.
Consultor político, ensayista e historiador. Twitter: @jacquescoste94

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