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HISTORIA // Dése preso: las viejas cárceles de Morelia

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Había entonces pocas, y entre ellas destacaba la Real de Morelia hasta cuyos intramuros llegaban ebrios y agitadores, delincuentes y mercenarios, estafadores y reincidentes, o cualquiera que resultara descubierto practicando sus malas artes. La amplia clientela y las muchas formas de perjudicar al prójimo mantenían el espacio en relleno permanente.

No siempre el asunto era justo. A veces, durante varios meses, permanecían individuos acusados sin juicio, deudores obligados o morelianos traicionados por algún ente o fulano más avezado en el arte del engaño.

En tiempos de agitación política, líderes o cualquier buen hombre a quien la autoridad de turno creyera necesario dar escarmiento también iban a llenar los huecos disponibles. Por su interior marchaban estudiantes, maestros o críticos del sistema, que con la misma velocidad con que eran ingresados salían sin mayor explicación.

No siempre el asunto era justo. A veces, durante varios meses, permanecían individuos acusados sin juicio, deudores obligados o morelianos traicionados por algún ente o fulano más avezado en el arte del engaño.

A falta de un lugar mejor, los locos también encontraban sitio. 

Había sueños de fuga, motines y complicidades. La mayoría terminaban abruptamente cuando los ilusionados eran descubiertos y una contundente ración de palos les quitaba para siempre las ganas de intentar fugarse. Muchos eran clientes habituales que pasaban más adentro que afuera. Otros tantos ya tenían tantas historias y tanta vida adentro que el verdadero castigo era soltarlos a la hostilidad de la calle.      

AMOR POR LO HUMANO Y LO DIVINO

El siglo XIX consolidó las ideas de desarrollo y progreso social indefinido, y para lograrlo ningún individuo o institución debía apartarse del camino trazado por la autoridad política. El sacrosanto Progreso requería la colaboración de todos, y quienes se adaptaran a los lineamientos podían contar con buen resguardo y destacar como personas que demostraban conciencia por su futuro y por el de la propia humanidad.  

Pero siempre quedaban quienes no se sumaban al proyecto.

Cárcel Correccional de Morelia.

A veces, organizaciones enteras se oponían al modelo de desarrollo que ofrecía la autoridad central. Las organizaciones no podían ser encerradas por desacato, pero sí sus integrantes más destacados.

En teoría las cárceles se encargarían de prevenir la conducta antisocial de cualquier descarriado. Se trataba de castigar el delito, pero también de educar para reintegrar a la sociedad, inculcar amor al trabajo y a la familia, adhesión al gobierno, respeto a lo divino y confianza en la humanidad.

Organizaciones enteras se oponían al modelo de desarrollo que ofrecía la autoridad central. Las organizaciones no podían ser encerradas por desacato, pero sí sus integrantes más destacados.

Una de las propuestas reformadoras para la administración penitenciaria fue el sistema panóptico, de boga en Europa. El método permitía la vigilancia permanente. Al centro del patio, una torre central posibilitaba la vista de todos los presos dispuestos en las celdas de un edificio circular que rodeaba a dicha torre, con lo cual éstos se sabían observados aún si el guardia de turno miraba hacia otro lado.   

Proyecto de panóptico para Michoacán. Siglo XIX.

Este primer antecedente del Gran Hermano vino acompañado de otras medidas para eficientar el reintegro. La prensa informaba y concienciaba de las diferentes medidas de prevención criminal; las calles se vieron invadidas de acusadores, y en las cantinas, pulquerías o billares caían a diario redadas que aumentaban el capital humano disponible para llenar más la ya atochada cárcel de la ciudad.

La leyenda cuenta que el mismísimo padre Cavero evitó en varias ocasiones su propio encierro a punta de pistola.

La sociedad de bien aprobaba la represión, en el entendido de que la mayoría de las veces una buena tunda era más que suficiente para acallar a los revoltosos.

Sin embargo, la cantidad de inconformes o descarriados que aplanaban las calles hacían que el hacinamiento imposibilitara la correcta educación de los internos, por lo que las medidas correctivas no siempre lograban el objetivo y la reincidencia criminal era común.

Así, muchas voces se alzaron para denunciar que el problema no provenía de los individuos sino de las condiciones para retenerlos, y que las cárceles se convertían en escuelas del delito en donde los criminales más inexpertos podían progresar hasta convertirse en verdaderos adalides del noble arte de delinquir con éxito antes de salir, mediante fugas o abogados, a aplicar sus flamantes y recién adquiridos nuevos conocimientos para descalabrar al prójimo.  

La cantidad de inconformes o descarriados que aplanaban las calles hacían que el hacinamiento imposibilitara la correcta educación de los internos, por lo que las medidas correctivas no siempre lograban el objetivo y la reincidencia criminal era común.

LAS VIEJAS CÁRCELES DE MORELIA

Morelia tuvo el privilegio de contar con tres cárceles: la de las Casas Consistoriales para los varones, la Casa de Recogidas de Valladolid para las mujeres y una tercera, dependiente de la Arquidiócesis, destinada a los casos relacionados con delitos en contra de la religión y que funcionó hasta la mitad del siglo XIX. Esta última se llamaba Cárcel de los Clérigos, de paredes gruesas, ventanas pequeñas y enrejadas y un hermetismo completo de cuanto ocurriera en su interior eran sus mayores características. Ahí, entre azotes y flagelaciones, los más píos purgaban las barreras que se imponían entre sus debilidades humanas y la vida eterna. Los delitos cometidos por los eclesiásticos tenían la agravante del escándalo, por lo que para mantener la coherencia, sus castigos debían dar el ejemplo.

Hoy el edificio es sede de la Pastoral Social Cáritas Diocesana de Morelia.

Pasado y presente de la vieja Cárcel de Clérigos.

Pero de las tres, la que más visitantes tuvo desde siempre fue la de varones, conocida entonces como la Cárcel Real. 

La vieja Cárcel Real de Morelia se ubicaba en el interior del edificio que ocupaba el Supremo Tribunal de Justicia, en plena esquina de las calles de la Alhóndiga y Mira al Llano, posteriormente llamadas 2ª de Matamoros y 4ª de Aldama. Antiguamente la edificación fue sede de las Casas Consistoriales, y aunque los antecedentes de su construcción se desconocen, los especialistas indican que databa de la primera mitad del siglo XVIII.

La necesidad de renovar las instalaciones era urgente. El gobernador Pudenciano Dorantes se hizo eco del asunto y contrató al ingeniero civil Guillermo Wodon de Sorinne, conocido entonces por ejecutar el Paseo de San Pedro y la mayoría de las obras públicas de entonces en la ciudad. La renovación de los espacios tardó pocos años, y una vez acabadas las obras el edificio fue considerado uno de los más bellos de la ciudad.

Pero el hacinamiento persistía. A inicios de 1880 permanecían prisioneros 13 acusados de homicidio, 10 de robo, seis por rapto, cuatro por negarse al servicio militar, cuatro por herir a terceros, dos sentenciados por incesto, dos por estupro, uno por provocar riñas y un ebrio, además de la población común del lugar. Un año más tarde se promulgaba el primer Código Penal del estado.

LA MODERNIDAD PENITENCIARIA

En 1882 el gobernador propuso la adquisición de la finca trasera del edificio para establecer la cárcel pública y agilizar asuntos administrativos, ahorrar en los gastos del traslado de reos y garantizar mayor seguridad. Los nuevos espacios deberían, además, acelerar los procesos penales y civiles, según el cálculo de los entusiastas que emprendieron la tarea.

A inicios de 1880 permanecían prisioneros 13 acusados de homicidio, 10 de robo, seis por rapto, cuatro por negarse al servicio militar, cuatro por herir a terceros, dos sentenciados por incesto, dos por estupro, uno por provocar riñas y un ebrio, además de la población común del lugar. Un año más tarde se promulgaba el primer Código Penal del estado.

Así, la penitenciaría quedó formada por un locutorio general con doble reja de hierro para que los reos pudieron ver a su familia, tres patios, sala de sesiones de la junta de vigilancia de cárceles, departamento especial para detenidos menores de edad y ebrios, una capilla con la imagen de la Virgen de la Guadalupe que ofrecía misa dominical a los reos, cocina y refectorio para 200 presos.

Había también biblioteca, academia de música, habitación para el alcaide, guardarropa, tres salones para el aseo de los presos, una escuela de instrucción primaria, talleres de carpintería, zapatería, sastrería y peluquería, un estanque de agua fría para baño, doce lavaderos y escusados.

Respecto de la cárcel de Mujeres, el 31 de agosto de 1883 fue trasladada al ex convento teresiano, junto al templo del mismo nombre. Ambos edificios se conectaban por la planta alta donde pasaban a oír misa las presas para ver si algo de divinidad se les pegaba.

Aunque la endémica lentitud de otras áreas implicadas en el sistema impidieron un avance mayor, y según las crónicas de la época varias veces los acusados de algo quedaban absueltos tras cumplir reclusiones más prolongadas que la propia pena, esa actualización de espacios y reglamentos representó un avance en relación con los tiempos antiguos.

Iniciaba la era “moderna” de la administración de justicia en el estado.

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