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HISTORIA // La Morelia que ya no está: las viejas escuelas de la ciudad

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Eran los años en que la educación pública sí funcionaba.

Muchos cursaban la instrucción primaria en las católicas como Las Carmelitas, o en las de gobierno como la Belisario Domínguez o la Nicolás Bravo. Ahí había una alberca que una vez a la semana recibía a los de otras escuelas primarias.

También estaba la Escuela Tipo, o David G. Berlanga, federal y a la que llegaban los hijos de las familias más acomodadas. Otra federal era la José María Morelos, que junto a la Tipo era de las pocas que recibían hombres y mujeres.

Ambas fueron de las primeras mixtas de Morelia, y hasta hoy muchos morelianos antiguos recuerdan primeros acercamientos con el sexo opuesto escapando de la mirada inquisidora de los maestros y el señor cura.

También estaba la Esther Tapia, la Bocanegra y la Madero y Pino Suárez.

Los antiguos morelianos aseguran que no había más de diez escuelas en ese tiempo, y también aseguran que los maestros eran gente de verdadera preparación y cultura. Director de Las Carmelitas era don José Sánchez Calderón, originario de un rancho ubicado tras el Quinceo y hombre preparado como pocos.

Escuela Simón Bolívar, 1950.

Entonces la Tipo y la Belisario Domínguez, dirigida por el maestro Mónico Gallegos, tenían fama de ser las que mejor preparaban a las nuevas generaciones de la ciudad. A ellas asistían los hijos de los morelianos más prominentes: los Macouzet Iturbide, de cuya familia surgieron el doctor julio Macouzet Tron y el presbítero Manuel Macouzet Tron; los Larrauri Videgara, que vivían entonces en el edificio que hoy ocupa el hotel Virrey de Mendoza; los Pérez Gil, que como hoy ocupaban un edificio frente al Museo Michoacano; los Iturbide de Moral, los Ramírez Jones, los Laris Rubio, los Oseguera.

La educación pública, hasta para los más exigentes, pisaba fuerte en Morelia.

DOS CENTAVOS DE QUESO

Eran tiempos de las tortas de Don Melchor. Dos centavos valía el bolillo, dos centavos el queso y uno el puñado de chiles en vinagre. En los recreos de La Carmelita el asunto sabía a gloria y daba a los mocosos nuevas energías para enfrentarse a la Historia y la Química.

La vida estaba cara. Las tortas se compartían entre tres.

Entonces las nuevas tecnologías no existían y los maestros apelaban a los clásicos. Príncipes, castillos, hadas, brujas, duendes y tesoros eran las herramientas para intentar hacer entender a los alumnos que en ocasiones podría llegar a ser útil adquirir sabiduría. El bandolero inglés Dick Turpin, defensor de los pobres; el conquistador Búffalo Bill, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días y las Veinte Mil leguas de Viaje Submarino, de Julio Verne, o el Sandokán de Salgari eran los favoritos.

Eran tiempos de las tortas de Don Melchor. Dos centavos valía el bolillo, dos centavos el queso y uno el puñado de chiles en vinagre. En los recreos de La Carmelita el asunto sabía a gloria y daba alos mocosos nuevas energías para enfrentarse a la Historia y la Química.

Ante la sapiencia, los mocosos arrancaban apenas podían: a nadar a la lagunita, al norte de la estación de ferrocarril; a comprar los dulces finos que vendía el señor Nasser en La Alejandría, ubicada en Valladolid con Morelos Sur; al Cine Hidalgo, en donde ahora está el Centro Escolar Michoacano; al lago que entonces había en el Parque Juárez; o a la tienda de Don Cheto, en plena plazuela Carrillo, para comprar los dulces de caramelo rellenos de tamarindo o las bolitas de leche quemada a dos centavos, según la suerte.

Escuela Normal Urbana junto al acueducto, ya demolida.

Mientras tanto los maestros pugnaban por hacerles entrar la letra a través de El Tesoro de la Juventud, una de las tantas enciclopedias por capítulos que se ofrecían a las nuevas generaciones. Eran tiempos de enseñanza casera y métodos ortodoxos de aprendizaje. El método onomatopéyico estaba en boga. Los padres, cinturón en mano, traspasaban su sabiduría de décadas a los primerizos en las letras.

Ante la falta de atención o talento en la educación en casa, o de las dos cosas, el castigo era inmediato y establecido: un par de coscorrones bien puestos y un jalón de orejas. Hoy, en el recuerdo de muchos quedan esos antiguos métodos de enseñanza que concebían a la sociedad como un todo integrador y dictaba las pautas de conducta para no escaparse de la predominante idea del orden.

El método onomatopéyico estaba en boga. Los padres, cinturón en mano, traspasaban su sabiduría de décadas a los primerizos en las letras.

Los más antiguos aun recuerdan rebatir esos métodos a los más destacados profesores de la época. En esos años de primaria desfilaban maestros notables: Oliverio Vargas, que deleitaba a la concurrencia cada vez que se asomaba a un piano; Agustín Lara, maestro del violín y de las matemáticas, con chaleco de terciopelo a la moda, reloj con leontina y polainas; José Magaña; Jesús Ahumada; José Corona y Rafael Aceves, al que muchos recuerdan arriba de los patines en el patio principal de La Carmelita.

Otros maestros aun estimados por las más antiguas generaciones de morelianos eran don Jesús Escalante, quien daba clases de solfeo y canto y enseñaba las canciones en boga como Amapola del Camino y Caminito de La Sierra; doña Lupe Mejía, ataviada invariablemente con una trenza rubia; doña María Dolores Rangel, doña Sofía Andrade y doña Esperanza Martínez.

Hoy la mayoría de esas antiguas escuelas sobreviven, pero las letras fueron reemplazadas por la computación y otras nuevas tecnologías y el talento de esas antiguas generaciones de educadores es un bien cada vez más escaso y en vías de extinción.

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