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ESPECIAL // Michoacán también es un “desierto de comida saludable” que mata a sus habitantes

Tal como ocurre a nivel federal, en Michoacán el COVID-19 mata más a las personas con diabetes, hipertensión y obesidad, todos padecimientos generados por la mala alimentación y el sedentarismo. Y mientras tanto, Michoacán enferma a sus habitantes. Según el mapa “Desiertos de Comida Saludable en México”, hay ciudades enteras en las cuales es prácticamente imposible encontrar alimentos saludables. Morelia no se queda atrás: varias colonias padecen del mismo problema. Un calórico cóctel fatal en tiempos de pandemia.

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- En Michoacán, como ocurre en el resto del país, la alimentación es nociva. Lo prueban los índices: según reportó en julio del 2019 la Clínica de Obesidad de la Unidad de Medicina Familiar No. 80 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) Morelia, siete de cada 10 habitantes padecen sobrepeso u obesidad en el estado.

Entonces la cifra ubicó a Michoacán en la quinta posición nacional de entidades con este padecimiento. Los factores principales fueron mala alimentación, consumo de bebidas azucaradas (principalmente refrescos), falta de actividad física, y en un mínimo porcentaje cuestiones hereditarias.

Esta realidad es consistente con lo que muestra el mapa “Desiertos de Comida Saludable en México”, elaborado por Baruch Sangines con el apoyo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso).

En síntesis: a lo largo de la geografía michoacana existen ciudades enteras en las cuales es extremadamente difícil acceder a comida sana. Y lo mismo ocurre en amplias zonas de Morelia.

El problema es cultural, y tiene larga data y muy compleja erradicación. Según el análisis de la antropóloga argentina Patricia Aguirre, “Seguridad Alimentaria. Una visión desde la antropología alimentaria”, en América Latina actual comer sano es básicamente asunto de ricos.

“Hemos encontrado tres representaciones del cuerpo que funcionan como principio de inclusión de tres tipos de alimentos, que se organizan en tres tipos de comensalidad, según las condiciones objetivas de vida (antes las hemos llamado restricciones paramétricas, que se verifican fundamentalmente por la pertenencia a cierto sector de ingresos)” sintetiza como correspondencia básica según el nivel socioeconómico de la población: “la gente de menores recursos tiende a privilegiar los cuerpos fuertes. La gente de clase media, los cuerpos lindos; y las clases altas, los cuerpos sanos”.

Y agrega: “Los hogares más pobres tienen una imagen del cuerpo ideal que definen como ‘fuerte’. Se puede interpretar que ideal del cuerpo fuerte no es más que una relectura de su propia imagen ya que los cuerpos de los hombres y mujeres pobres se caracterizan por su contundencia; también que el ideal de fortaleza parece coherente con las necesidades del trabajo mano de obra intensiva que son las ocupaciones predominantes en este sector de ingresos”.

“La gente de menores recursos tiende a privilegiar los cuerpos fuertes. La gente de clase media, los cuerpos lindos; y las clases altas, los cuerpos sanos”.

En el caso local lo confirma Mariana Naranjo, experta en Psicología Alimentaria de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo: “en Michoacán hay un círculo vicioso donde una persona con escasos recursos económicos sólo tiene acceso a alimentos baratos y de escasa calidad nutricional (…) Y Michoacán es un estado de recursos escasos”,

Las consecuencias, advierte, no solo son físicas.

“Las personas obesas en muchos casos sufren discriminación y estigmatización. A menudo es tan severa que presentan tasas de frecuencia similares a la discriminación racial…”

Y agrega que el efecto de los estereotipos negativos hacia el exceso de peso es mayor en niños y adolescentes que en adultos.

“Un niño obeso disminuye su aceptación social convirtiéndose en víctima de discriminación, estigma y, en muchas ocasiones, de acoso social y escolar, trayendo como consecuencia ansiedad y depresión”.

Pero se trata, además, de un problema que merma de forma importante las arcas públicas.

“Los costos de salud directos por enfermedades asociadas a la obesidad representan del 2 al 8% del gasto público, y los costos indirectos por incapacidad, mortalidad antes de la jubilación, jubilación adelantada, pensiones y ausentismo laboral ascendieron en el año 2000 a 9 mil 146 millones de pesos, y aumentó a cerca de 150 mil millones de pesos en 2017”, calcula el IMSS.

Los tres niveles de gobierno conocen de cerca el problema y han hecho lo que está a su alcance para concientizar a las personas.

A nivel federal, en enero de este año el presidente Andrés Manuel López Obrador aseguró que su gobierno no aumentaría los impuestos a los alimentos sino que lanzaría una campaña de orientación en nutrición. En junio de este año reiteró que no habría más impuestos, pero anunció la Ley para Etiquetado de Productos que definió como “un gran avance que tiene el propósito de brindar más información a los consumidores”, y adelantó una campaña permanente de alimentación sana que pondría a las familias como máximas responsables de la salud y de lo que se lleva a la mesa y promovería verduras, frutas y granos del campo mexicano.

A nivel estatal, en junio del 2019 —antes de que el coronavirus compara casi por completo la agenda de salud en el mudo— la Secretaría de Salud de Michoacán (SSM) inició el “Reto de peso”, la segunda etapa de la campaña “Eres lo que Comes” enfocada a crear estilos de vida que impactaran en el bienestar de la población. Según un boletín de la propia SSM, la actividad involucró a 10 estados de la República y promueve estilos de vida sanos a partir de una correcta alimentación y constante actividad física. Y en agosto pasado el Comité Estatal de Seguridad en Salud indicó que en la entidad había 13 mil 344 personas contagiadas con COVID-19 de los cuales 2 mil 532 presentan obesidad, y llamó de nueva cuenta a mejorar los hábitos de alimentación.

Finalmente, en Morelia en julio de este año el edil Raúl Morón anunció una estrategia de la mano del club deportivo Atlético Morelia para fortalecer las escuelas de formación a cargo del Instituto Municipal de Cultura Física y Deporte (IMCUFIDE), y en agosto el ayuntamiento reportó que ya se habían entregado despensas de alimentación adecuada en 90 colonias y 132 comunidades de la ciudad, además de talleres de orientación alimentaria a madres de familia para enseñarles a preparar sus alimentos de manera sana.

Pero los porfiados hechos grafican la inutilidad de los planes oficiales: la gente sigue siendo obesa.

Un problema que en tiempos de pandemia resulta fatal.

LAS CIFRAS EN MICHOACÁN

Según el mapa en el cual se basa esta nota, en Apatzingán existen apenas cerca de 30 lugares disponibles para encontrar alimentos sanos. Si esta cifra se divide por la cantidad de habitantes, resulta que cada expendio de comida saludable atiende a 3 mil 300 apatzinguenses.

La imagen también muestra que en ejidos como La Concha y La Nopalera la posibilidad de alimentarse sanamente no existe.

Similar situación ocurre en Lázaro Cárdenas. El mapa muestra que existen solo alrededor de 40 expendios de comida saludable para una población de casi 180 mil habitantes, es decir, un local sano por cada 4 mil 500 personas. Lugares como Petacalco, Guacamayas, La Mira y Buenos Aires casi no ofrecen posibilidades de comer adecuadamente.

Y hay otras zonas en donde casi no existe comida sana en Michoacán: Churumuco (15 mil habitantes), Nueva Italia (32 mil habitantes), Antúnez (10 mil habitantes), Cuto del Porvenir (4 mil habitantes), Álvaro Obregón (20 mil habitantes), Cuanajo (5 mil habitantes), Lagunillas (5 mil habitantes), Tzintzuntzan (12 mil habitantes) o Acuitzio del Canje (11 mil habitantes).

En Morelia la situación es similar. Colonias o áreas como La Aldea, Cumbres del Quinceo, Ejidal Ocolusen, Loma Dorada, Ciudad Jardín, 26 de Junio, Jesús del Monte, Misión del valle, Villas del Pedregal o Ejidal Isaac Arriaga, en la práctica no ofrecen lugares en donde comer sano.

Mision del Valle

Ejidal Ocolusen

Villas del Pedregal

La relación entre la obesidad y las muertes por COVID-19 está ampliamente documentada en todo el mundo. Los reportes indican que la obesidad no es un factor de riesgo para infectarse con el COVID-19, pero sí establece que los pacientes que tienen obesidad tienen más probabilidades de requerir cuidados intensivos, e incluso de morir.

Para graficarlo, en julio de este año el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell aseguró que el 67 % de los fallecidos en México por la pandemia tenían padecimientos crónicos como diabetes, hipertensión, obesidad o una enfermedad cardiovascular. Y todos los expertos en salud confirman la relación.

En Michoacán, como en el resto del país y el mundo, el placer culpable de la comida también se convierte en una trampa mortal.

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