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HISTORIA // Bohemia, leyenda y revolución: los viejos cafés morelianos

Por Eduardo Pérez Arroyo

Hasta entonces el asunto se hacía en las casas. El grano era escaso y se compraba en los comercios de la Ciudad de México. Otros adelantados lo encargaban directamente de París, y previa molienda enérgica, acompañados de una taza humeante, fragante y negra se sentaban a contemplar lo que ocurriera por las anchuras del mundo.

La simpleza de la bebida pronto le granjeó aficionados.

La leche sabía mejor. Como el vino, temperaba el cuerpo y las señoras descubrieron que de paso evitaba la borrachera. En las mesas de las casas se bebía, pero aún ningún buen cristiano había descubierto las bondades de acompañarlo con buena conversación.

Hasta entonces, pleno siglo XVIII en la ciudad, los cafés públicos eran inexistentes.

Según los más antiguos, sólo hasta 1849 se reportó la existencia de las dos primeras cafeterías de la capital michoacana. Entonces muchos descubrieron que la bebida servía para acompañar la discusión y aclarar las ideas, como el alcohol, pero sin hacer perder los estribos a la concurrencia. Los burdeles dejaban de ser el centro social y el té la bebida mayor.

Entonces todo quedó claro: la cantina para el relajo, el burdel para la necesidad fisiológica. Para la plática, los cafés.

Sólo hasta 1849 se reportó la existencia de las dos primeras cafeterías de la capital michoacana. Entonces muchos descubrieron que la bebida servía para acompañar la discusión y aclarar las ideas, como el alcohol, pero sin hacer perder los estribos a la concurrencia.

Bohemios, poetas, escritores y políticos instalaron la Revolución en los cafés. Así sucedió para siempre en las más nobles ciudades del mundo. Así sucedió para siempre en la muy noble ciudad de Morelia.

EL INICIO

El origen de la costumbre colectiva se pierde en la noche de los tiempos. El de la bebida no. A principios del siglo XIX, en pleno 1805, el mineralogista Andrés Manuel del Río llevó un molinillo a Coalcomán –por un costo de dos pesos– para su uso personal. Con él llegaron 12 arrobas de chocolate, con valor de 187 pesos, y tres arrobas de café sin tostar en 52 pesos y 4 reales.

El café conquistaba al estado.

Desde mediados del mismo siglo, el grano tostado y molido del café de Uruapan se ofrecía en la tabaquería de La Esperanza, en pleno centro de Morelia, a real y medio la libra. El negocio, ubicado en el Portal Iturbide N° 4, tenía estilo y además de café expedía puros y cigarros elaborados con los mejores tabacos de la costa, en cajetillas adornadas con litografías de personajes notables, o si el cliente lo ordenaba, con su propio retrato.

Tras el éxito de La Esperanza otros tantos olieron el negocio. Los nuevos tiempos requerían hombres y mujeres con nuevos gustos y proyectos, y en ese cuadro los cafés urbanos caían como anillo al dedo o como agua hirviente a la taza.

A mediados del siglo XIX había solo dos cafés en Morelia. A fines del siglo XIX las decenas de cafés de Morelia acumulaban decenas de historias, leyendas y revoluciones.

UN CLÁSICO

Las cantinas y burdeles, viejos conocidos y queridos, quedaron en desprestigio por ser cosa de superficiales. Desde entonces, todo pasaba en el café La Soledad.

A mediados del siglo XIX había solo dos cafés en Morelia. A fines del siglo XIX las decenas de cafés de Morelia acumulaban decenas de historias, leyendas y revoluciones.

«Ya no existe el Café de La Soledad”, declararía el escritor José Alvarado en su obra Tiempo Guardado, “donde se reunían por las tardes escolares y maestros; pero no han perdido su carácter los cafés de Morelia (…) allí se sientan los estudiantes junto a las pequeñas mesas a comentar las opiniones de su profesor de lógica, los incidentes de la guerra de Corea o el desarrollo de la vida política”.

“Todas las tardes, desde hace muchos años —a las dos, a las tres— Vienen por aquí… ¿quiénes diréis?… los poetas, los poetas de Morelia… ¿No percibís ya, desde al entrar, un delicioso olor de café que está tostándose? Café de Uruapan… ¿Y el silencio? Sí, diría que hay en el hotel, a esta hora, oleadas de silencio, anchas oleadas, como las que hace el viento entre los árboles. El sol se ha retirado del vasto patio… y todavía vagan sobre el soñador y su taza de café, las nubecillas de humo de cigarro”, afirmaría el autor Alfredo Maillefert.

“Entramos en La Soledad, a la hora del café… ¿percibís el olorcito aquel del maravilloso cafecito y las pisadas suaves de Ursulito, que ha servido café y que es parte casi de la bohemia moreliana?… ¿Pero quién declama por allí? ¡Ah! Es nuestro querido amigo Catano, el bohemio de bohemios, quien ofrece versos armoniosos y bellos enmendar su vida… y no volver al café, ni escribir en revistas, ni hacer versos, ni tomarse sus copitas con sus amigos, ni ocuparse de la luna, ni contar las estrellas… sino estudiar formalmente medicina…”, escribiría el Dr. Enrique Arreguín, ex rector de la Universidad Michoacana.

“El Café de la Soledad atrajo por años a varias e interesantes peñas que se fueron sucediendo unas a otras. Algunas fueron de políticos, otras de médicos y abogados, otras de literatos y las más de estudiantes. Los nombres de José Sobreyra Ortiz, Fidel Silva, Alfredo Maillefert, Alfredo Iturbide, Salvador y Alfredo Ortiz, don Francisco Elguero, José Rubén Romero, Donato Arenas López, Francisco Romero, Cayetano Andrade y otros más de una generación ya cegada, están ligados a este lugar que vio nacer tantas revistas literarias y tantas vocaciones”, sostendría años después el maestro Xavier Tavera.

El lugar, desde siempre, fue también ponderado por viajeros y elogiado por prohombres.

“El Café de la Soledad atrajo por años a varias e interesantes peñas que se fueron sucediendo unas a otras. Algunas fueron de políticos, otras de médicos y abogados, otras de literatos y las más de estudiantes. Los nombres de José Sobreyra Ortiz, Fidel Silva, Alfredo Maillefert, Alfredo Iturbide, Salvador y Alfredo Ortiz, don Francisco Elguero, José Rubén Romero, Donato Arenas López, Francisco Romero, Cayetano Andrade y otros más de una generación ya cegada, están ligados a este lugar que vio nacer tantas revistas literarias y tantas vocaciones”.

En 1889 el pintor neoyorkino F. A. Hopkinson Smit lo situó como “el mejor del mundo”. El periodista californiano Adalberto de Cardona escribió que “La Soledad, en la calle del Olmo N° 3, era favorablemente conocido no sólo en la hermosa capital que nos ocupa sino también por todos los viajeros que hemos tenido la fortuna de apurar allí algunas tazas del sabrosísirno café de Uruapan, que él y sólo él sabe preparar en toda la República”.

La Soledad, a fines del siglo XIX, juntaba a estudiantes a comentar la lógica, la guerra de Corea o la política, con prominentes adelantados que comentaban los avances inevitables de la revolución, la adhesión porfiriana de las autoridades de turno y el verdadero compromiso del intelectual en la Historia. El vapor unía a todos. El lugar hervía de bullicio y los comensales bebían sin prisa, pero sin pausa.

La fama arreció por décadas, y con ella llegaron los clientes. Abogados, estudiantes, funcionarios de gobierno, estafadores de toda calaña, suspirantes al congreso, congresistas y autoridades ocuparon los espacios. También literatos, bohemios, poetas y otros románticos que la ciudad escupía a diario. Al olor de sus pasteles se fraguaron las mejores depredaciones. Al calor de sus vapores salieron los más grandes versos.

El espíritu cívico de la ciudad se criaba a golpe de cuchara.

OTROS NOMBRES

En fama y nostalgia, al Café del Hotel de La Soledad sucedió El Viejo Panal, en la Madero, a un costado del edificio Laura Eugenia. El lugar tomó la posta de la bohemia moreliana y en sus salones durante las próximas décadas las próximas generaciones llegarían a tomar la posta para reemplazar a sus predecesores.

Al olor de sus pasteles se fraguaron las mejores depredaciones. Al calor de sus vapores salieron los más grandes versos. El espíritu cívico de la ciudad se criaba a golpe de cuchara.

Con los años arribaron otros.

El Europa nació en 1937. En los 50 se abrió un nuevo negocio en el Hotel Europa de Virrey de Mendoza, casi esquina con la Avenida Madero.

En 1994 arribó Lilian’s, con capital cien por ciento mexicano y expendios en Morelia y Pátzcuaro.

En el 2005 Italian’s Coffees abrió dos locales, abiertos al público y con ventas a todo el país.

Y en todas esas épocas muchos buenos cristianos corroboraron las bondades de acompañar el café con buena conversación.

Hoy, pleno siglo XXI en la ciudad, los mexicanos consumen un promedio de 1,6 kilos de café al año y el café mexicano se exporta a 42 países, entre ellos Japón, Cuba, Canadá, Alemania, Italia, Bélgica y Estados Unidos.

Mientras tanto, para delicia de las historias, leyendas y revoluciones, los cafés públicos morelianos gozan de buena salud.

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