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HISTORIA // Hágase la luz: el inicio del alumbrado público en Morelia

La llegada del alumbrado eléctrico a Morelia, allá por los años 1900, guarda varias historias y nombres heroicos. Antes de convertirse en el botín político que es hoy, su consolidación se debió más a la voluntad de algunos y la visión de otros tantos. Entre ellos, don Herculano. Esta es la historia del origen del alumbrado público moderno en la ciudad.

Por Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Pocos sospechaban los alcances de un negocio que recién iniciaba. Entre ellos, don Herculano Ibarrola. La red de alumbrado cubría sólo el primer cuadro de la ciudad, y desde hacía pocos años los faroles relucían con petróleo que despedía luz más clara y con mayor radio de iluminación que el viejo sistema con sebo.

Pero el avance era poco: ante la menor distracción, el aire o las manos de algún enemigo del bien común acababan esa noche con la luz.

Hasta fines del siglo XIX el servicio de alumbrado público era uno de los sectores más desatendidos de la ciudad. El costo del mantenimiento era monumental. En las zonas más lejanas la oscuridad arreciaba, los amigos de lo ajeno operaban en total impunidad y los mocosos debían guardarse temprano para seguir estorbando en casa.

El sistema era arcaico. Desde cerca de las 7 de la tarde ejércitos de serenos y guardias se encargaban de mantener encendidas las 80 farolas que había en la ciudad, pero las manos no daban abasto. La precariedad era la regla. Cada semana algún muerto fresco en plena calle recordaba a las autoridades que el asunto urgía.

Hasta fines del siglo XIX el servicio de alumbrado público era uno de los sectores más desatendidos de la ciudad. El costo del mantenimiento era monumental. En las zonas más lejanas la oscuridad arreciaba, los amigos de lo ajeno operaban en total impunidad y los mocosos debían guardarse temprano para seguir estorbando en casa.

Había instalaciones, y el dinero se podría conseguir. Lo que escaseaba era conocimiento.

Esa misma precariedad del sistema desmotivaba a la mayoría de los empresarios, que preveían la dificultad de un negocio en el que habría que partir de casi nada. En la ciudad había áreas industriales ya consolidadas, que representaban ganancias seguras para los inversionistas. ¿Para qué arriesgar?

Y don Herculano, mientras todos ariscaban la nariz, rumiaba.

La campaña por mejorar el alumbrado estaba desatada. Morelia se merece más, decían las autoridades públicas. Morelia se merece más, repetían algunos privados como don Herculano, calculando los alcances del futuro negocio. La ciudad crecía a pasos agigantados y ese desarrollo no se condecía con el lamentable estado del alumbrado público.

Apenas entrado el nuevo siglo, algunos, entre ellos don Herculano, decidieron actuar.

LA HISTORIA

Para 1904 el gobierno michoacano dirigía dos plantas eléctricas. El control estatal implicó un retroceso: desde 1893 el Gobierno del Estado había dejado en manos privadas, supuestamente expertas, la gestión de la electricidad. Tras diez años, por obligación, otra vez debía hacerse cargo del negocio.

La ciudad crecía a pasos agigantados y ese desarrollo no se condecía con el lamentable estado del alumbrado público. Apenas entrado el nuevo siglo, algunos, entre ellos don Herculano, decidieron actuar.

La historia fue simple. En 1888 el gobernador Mariano Fernández contrató a la sociedad Adam Sucesores el establecimiento del sistema Fort Wayne Jenny, conocido como de arco. Entonces Morelia contaba con 80 focos repartidos por el centro. A los pocos días se establecía la planta generadora de luz en el ex convento de Las Teresas.

Para aligerar los costos de operación, en 1893 el gobierno traspasó la gestión del sistema al prominente vecino Santiago Murray. La concesión, de 10 años prorrogables a 20, fue generosa y redituaba bien. Murray estuvo satisfecho. El gobierno también obtendría ventajas: los 90 focos existentes entonces pasarían a 100, el alumbrado funcionaría toda la noche y los principales edificios de la ciudad tendrían iluminación especialmente diseñada. La cuota por el servicio de cada bombilla sería de 5 centavos.

Todos ganarían, decían todos.

Y en eso, el descalabro.

En 1896 Santiago Murray declaraba su incapacidad para atender el sistema eléctrico, y en medio de deudas y cláusulas incumplidas abandonaba la causa para siempre. Las autoridades retomaban el control. La labor era mucha y la especialización poca. Al poco tiempo el gobierno anunciaba su intención de ceder la operación a algún particular interesado.

Don Herculano rumiaba.

MISIÓN CUMPLIDA: LA LUZ

Para los menos previsores el negocio estaba condenado al fracaso. Para otros, que observaron los ríos propicios para la generación de electricidad en el estado, el negocio era el futuro. Los ingleses habían inventado la energía eléctrica y aprendieron a utilizarla rápido. Los estadounidenses habían aprendido rápido y la trajeron a México. Los mexicanos aprendieron rápido.

Para agilizar la privatización inminente, en 1897 el gobierno trasladaba la planta desde el ex convento de Las Teresas a la Alameda del Paseo San Pedro, en donde había agua suficiente para no interrumpir la producción. Los empresarios aprendían cada vez más sobre el negocio, pero nadie daba el salto.

Don Herculano rumiaba.

Los ingleses habían inventado la energía eléctrica y aprendieron a utilizarla rápido. Los estadounidenses habían aprendido rápido y la trajeron a México. Los mexicanos aprendieron rápido.

Mientras tanto, en el Honorable Congreso del Estado los honorables congresistas anunciaban que la autorización para la concesión era cosa de meses.

Don Herculano, que había reemplazado sus reflexiones por la acción definitiva, veía recompensados sus esfuerzos y coincidentemente el número de plantas en Michoacán y en el centro del país crecía. Eso debía facilitar las cosas. En 1904, ya decidido definitivamente a constituirse en pocos meses como el garante del alumbrado público en la ciudad, don Herculano se allegaba los recursos necesarios para instalar una nueva planta.

Don Herculano debía tener la luz eléctrica.

El rancho de San Pedro Piedra Gorda, en la tenencia de Acuitzio, fue el lugar elegido. Tras los acuerdos de rigor entre oferentes y compradores y negociaciones con el Gobierno, don Herculano abría la cartera y pagaba los 17 mil pesos para hacerse de la propiedad. Contratados por el interesado, los prominentes abogados Melchor Ocampo Manzo, Miguel Macedo y Eustaquio Roch ponderaban al señor gobernador acerca de las ventajas de dejar el sistema de alumbrado público en manos de don Herculano.

A pocos días del término del año 1904 el Honorable Congreso anunciaba la autorización al ejecutivo para enajenar plantas, cables, servicios y todo lo que comprendiera el sistema de alumbrado público. Don Herculano, que desde hacía meses había puesto todo su empeño en lograr la concesión, redobló sus esfuerzos. El avance en sus instalaciones era grande. Sólo faltaban detalles.

Y entonces, la catástrofe: ya no quedaba dinero.

IBARROLA, GONZÁLEZ Y CÍA.

Las proyecciones se fueron al suelo. Los avances peligraban, la concesión peligraba y hasta el propio patrimonio familiar peligraba. Los meses de trabajo podrían haber sido en vano.

Don Herculano rumiaba, y con él sobrinos y otros familiares arrastrados al negocio.

La solución llegó de la forma más simple: el licenciado Salvador D. González pondría los 50 mil pesos faltantes.

Don Herculano respiraba y el licenciado González pasaba a ser socio.

El nombre colectivo sería Sociedad Moreliana de Fuerza Hidroeléctrica. El nombre de la empresa controladora, con domicilio en Morelia, sería Ibarrola, González y Cía. El capital de la empresa ascendería a los 200 mil pesos. El negocio pintaba bien, y según la cláusula de recisión el contrato podría deshacerse sólo tras en consentimiento unánime de sus controladores o al perder el 50% de sus recursos.

Tras largos meses de puja, el 5 de junio de 1905 Ibarrola, González y Cía., de la mano de don Herculano, recibía la concesión del sistema de alumbrado público eléctrico.

Iniciaba la moderna era de la luz en Morelia.

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