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«Te veo en la del Indio Triste»: así se llamaban las viejas calles de Morelia

Las viejas historias de las ciudades siempre son interesantes. Y más cuando se trata de la ciudad en que se vive. El pasado de Morelia contiene numerosas tradiciones no contadas o poco conocidas, que permanecen sepultadas entre varias capas de piedra rosa. Hoy, Metapolítica ofrece a sus lectores una añoranza de otros tiempos: los viejos nombres de las calles de la ciudad.  

Por Eduardo Perez Arroyo

Morelia, Michoacán.- La del Duende. Así se llamaba la hoy llamada Fray Alonso de la Veracruz. Fue en memoria del correcto y avaro don Regino de la Cueva, tan bajito de cuerpo que no pasaba de vara y media y de frente espaciosa por su desmesurada calvicie. La Madero fue antes la Real y luego la Nacional, seguramente de acuerdo con las autoridades a cargo del país en distintas épocas.

Ahí, en pleno centro de la ciudad, a pocas cuadras de la catedral y la plaza, muchos tramos tenían su propia historia y sus nombres: la del Diezmo, por la casa que servía para tales menesteres; la del Magistrado, la de Las Damas, la de Las Monjas, la del Clarín, la del Mirasol. El veredicto popular era infalible, y cada metro más lejos del centro y de la supervisión de las autoridades civiles y eclesiásticas la creatividad era más fecunda.

Porque entonces los nombres de las calles provenían del veredicto popular. Se llamaban así porque así debían llamarse, y no por la voluntad y el gusto de la autoridad de turno.

Seguramente más de algún moreliano de capa y espada se batió a duelo en la Calle del Desafío. Varios se habrán roto la crisma en la Calle del Tropezón. Otros tantos llegarían con buen caminar y se retirarían con espíritu alivianado tras pasar por la Calle del Licor, entonces de las pocas zonas libres del antipático impuesto federal a las bebidas espirituosas propuesto por el gobernador Aristeo Mercado.

Nuevos tiempos, nuevos nombres

En la antigua ciudad las calles marcaban la historia de los antepasados locales y servían para catastrar costumbres, fe, creencias y supersticiones. En muchos casos alguna población recibía el nombre de su calle mayor, dictada según la tradición, y así se configuraba la identidad de la zona y se otorgaba sentido de pertenencia. Ningún lugareño bien nacido cometería la indiscreción de ignorar el nombre de los recovecos en sus rumbos, y eso además servía para identificar a los afuerinos.

Esos inteligibles recovecos de nombres confusos dificultaban el orden y debían acabar. En 1828 el Ayuntamiento acordó reformar el nombre de la noble ciudad, luego de la consolidación del régimen republicano y la separación de la nación española. Con ello llegaría también el cambio a la nomenclatura de las calles o cuadras de la ciudad, suprimiendo los antiguos nombres y reemplazándolos por otros cuya expresión genérica se extendiera sin pausas a lo largo de cada una.

Un motivo principal propició ese proceso. Hasta entonces el acelerado crecimiento de la ciudad abría nuevas vías urbanas sin pudor ni consecuencia, y la vieja nomenclatura era misterio insoluble. Una misma calle cambiaba de nombre en cada cuadra. Dos calles podían tener nombres idénticos, y en otras ocasiones un tramo era llamado por dos o más nombres.

No había cristiano que pudiera contra eso.

La flamante nomenclatura oficial, en la mayor parte de los casos puesta en vigencia durante los años siguientes al cambio de nombre de la muy noble ciudad, lograría aceptación popular apenas bien entrado el siglo XX. Durante las décadas anteriores los vecindarios morelianos, por fuerza del hábito, siguieron utilizando las viejas nominaciones. En muchos casos las propias direcciones comerciales, al precisar los nuevos nombres, se cuidaban de señalar entre paréntesis el apelativo viejo, más nostálgico y por todos conocido.

En lo de La Gachupina

Una conocida española moraba por los rumbos de la zona de prostitución autorizada en la ciudad, cuyos establecimientos sabrían guardar el decoro y ser discretos. El Reglamento de Prostitución de la ciudad, elaborado en 1895, les obligaba a cumplir ciertas normas a cambio de la licencia y poco a poco las señoritas, española incluida, se replegaban hacia los rumbos de los cuarteles Tercero y Cuarto.   

De tan conocida, a la calle de la española el gusto popular le denominó la de La Gachupina. A pocos metros las calles Del Infiernillo, debajo de la Hoy Madero (antes nombrada, según cada tramo, de Ancón, de la Merced, del Tesoro, de San Nicolás, de Hidalgo, de Iturbide, del Seminario, del Diezmo, de las Damas y de las Monjas) las calles del Aguador, del Curtidor y del Serrucho servían para dar una idea del tipo de clientela.

El servicio era completo, y si alguien deseaba arrepentirse tras pecar sólo debía caminar unos pocos pasos y llegar a las calles del Obispado, de la Compañía, de Las Rosas y de las Carmelitas cuya abundancia se iglesias permitirían expiar las culpas a cualquier incauto.

Las calles eran más o menos conocidas según sus méritos, y los buenos brebajes fueron siempre para los morelianos asunto de total merecimiento. Entre las calles del Prendimiento y del Tecolote, don Vicente Román tenía su tienda de expendio de vinos El Pabellón. Por otros rumbos, en la esquina de las calles del Comercio y Santa Catarina, se establecía la fábrica de aguardientes La Aurora, del prominente moreliano don Juan Corrillo.

Los billares también eran fecundos. En la Calle de la Gachupina estaba el del don Apolonio Romero. En la Calle del Alacrán, don Francisco Mejía atendía el suyo. En la del Cautivo, don José Guadalupe Gallardo. En la de La Enseñanza, don Mónico López. En la de Matamoros, antigua Calle del Cultivo, con un billar y otros juegos permitidos, prosperaba don Ramón A. y Álvarez. Otros billares y juegos se distribuían principalmente hacia el centro de la ciudad, pero juego, licor y damas de compañía generalmente iban de la mano.

Como en todas las épocas, el consumo inmoderado del mosto también acarreaba consecuencias, y la autoridad permanecía presta para refrescar a palos a cualquier revoltoso. La penitenciaría se ubicada al interior del edificio del Supremo Tribunal de Justicia, en la esquina de las antiguas calles de la Alhóndiga y Mira al Llano. Para las damas, la cárcel de mujeres o Casa de Recogidas se ubicaba en la Calle De La Cruz.

Otros nombres aún más alegóricos, y que se correspondían con las actividades del barrio, abundaron por la ciudad. En el Callejón del Peligro se suceden las historias de muchos duelos honorables, y otros, la mayoría, no tanto; en la Calle del Obispado los morelianos de sombreros de paja caminaban por un suelo de tierra que con las lluvias se convertía en espectacular desafío; en la antigua Calle del Pez, hoy García Obeso, ante las casas de fachadas blancas los antiguos vecinos toleraban a diario las aguas negras del canal del medio.

En otras zonas estaban la del Salero, la del Cintillo, la del Sapo, la de Pito Real, la del Cuerno, la del Muerto, la del Molino, la del Peine, la del Gitano, la que mira al Río, la del Dragón Chino, la del Soldado, la del Fresno, la del Retiro, la del Curtidor, la del Ahorcado, la del Mollejón, la de los Infantes, la de las Carnicerías, la de la Factoría, la del Viejo Sonso…

Con el tiempo esos viejos nombres, a veces bien ganados, a veces surgidos de la mente de algún inspirado de turno, desaparecieron y sólo algunos, los más viejos o los estudiosos de la historia, los recuerdan. En ocasiones representaron la principal forma de identidad local, y en otras la resistencia de los lugareños ante la obligada modernidad impuesta desde la autoridad. El retiro de esos viejos nombres se llevó consigo miles de historias construidas por décadas, a pulso y escala humana. Fueron las más veces localistas y excluyentes, a veces estéticos y coloridos, a veces a un paso del mal gusto… Siempre, orgullosos de su terquedad.

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