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Morelia, cosas de locos

En plena pandemia, y entre los agradecimientos universales a los profesionales de la Salud en México y en todo el mundo, Metapolítica desempolva esa crónica que muestra eventos poco conocidos de la historia de la ciudad: el abnegado tratamiento que esos mismos médicos y enfermeras daban a la locura durante los albores de la medicina moderna.

Eduardo Pérez Arroyo

Morelia, Michoacán.- Desde lejos lo veían venir. La noticia cundía rápido y muchos corrían a encaramarse. Apostados en los más altos ventanales del viejo Hospital General de Morelia –ubicado en plena Calle Nacional, antes Real, después Madero– los locos preparaban la cuchufleta.

—Oiga, ¿qué lleva ahí? —preguntaban al unísono.

—Estiércol para mis fresas —respondía el abonero.

El festín se desataba.

—Vaya —decían ellos—. Nosotros estaremos locos, pero al menos le ponemos crema a nuestras fresas.

Cada semana era lo mismo. El estercolero a veces cambiaba el día del recorrido, pero los locos, inexorables, lo descubrían igual. Él no se molestaba. Al fin y al cabo eran cosas de locos.

Enfermos, imbéciles, peligrosos

Entonces la medicina respondía a las ideas de la Ilustración, en pocos años pasó de la teoría humoral a la biológica y las herramientas modernas permitieron identificar con mayor certeza los desvaríos mentales de algunos y agilizaron el tratamiento. Pero también abrieron un nuevo umbral: permitieron comprobar científicamente que tal o cual buen cristiano se encontraba irremediable y objetivamente loco.

El Hotel Juaninos (antes Oseguera) fue en su momento el Hospital de los Juaninos, el primer lugar en donde se trató científicamente la insanidad mental en Morelia.

Así, en la primera mitad del siglo XX fueron las autoridades jurídicas y policiales, y no los médicos, quienes decidían quién iba a dar directo al sanatorio. Jueces, gobernadores y hasta policías enviaban hordas de insanos para aumentar el contingente. Fiel a la mentalidad imperante, las ofensas a la moral recibían el castigo más severo.

Según los libros, la escala de insanidad era universal y conocida. Había Enfermos, Tranquilos A, Tranquilos B, Imbéciles, Epilépticos y Peligrosos. A los furiosos se les amansaba a palos, ayunos y duchas frías. De no resultar se los ponía en el cepo, y como última medida se les fijaba a un muro con una cadena.

Otros la pasaban mejor. A los deprimidos se les aislaba en una habitación separada del resto de la familia y se les ocultaba de los amigos, pero al menos permanecían en su propia casa. Los tranquilos alternaban con la concurrencia pues no constituían peligro, y a punta de pastillas y somníferos mantenían la boca cerrada.

Fulgor en Morelia

La historia del Hospital General de Morelia inició junto a los primeros intentos de formalizar los estudios de Medicina. En 1826, el doctor Juan Manuel González buscó la asesoría del doctor francés Juan F. Macouzet, logró que el Congreso del Estado aprobara la creación de una Junta Médico-Quirúrgica e instaló la idea de que faltaban especialistas. La cátedra se fundó en 1830.

Después, en 1833, iniciaba la nueva cátedra de Cirugía. El decreto que la autorizó incluía una cláusula fundamental para el futuro de los nobles insanos de Morelia: dispuso que el Protomedicato de Medicina, instancia encargada de sentenciar la locura, pasara a ser la Facultad de Medicina de Michoacán.

La enseñanza de la Medicina –y el tratamiento de la locura– tuvo varias sedes. Primero pasó por el Hospital de los Juaninos y el Coliseo, hoy Teatro Ocampo. Después por el Hospital San Juan de Dios, futura sede del Hospital Civil; también el convento de San Diego, el exconvento de La Merced y el convento de Capuchinas. Ahí permaneció hasta 1901, cuando por fin Morelia tuvo su Hospital General.

Desde su creación, el nuevo Hospital General fue orgullo de los morelianos. El inmueble tenía ocho pabellones para hombres, cuatro para mujeres, un anfiteatro para disecciones, uno para clases prácticas de operaciones y uno para autopsias.

El edificio estaba marcado por las ideas de Porfirio Díaz, fiel al higienismo social que imperaba en Europa. El presidente decretó que, ante todo, los locos degeneraban la raza y, más que tratarlos, se debía aislarlos. Así, el sector de hombres del Hospital General tuvo un pabellón exclusivo para el tratamiento de enfermos mentales. Y había que llenar el pabellón. Iniciaba el fulgor de los locos en Morelia.

El 29 de marzo

La nueva sede acarreó nuevas necesidades. Había que disponer de capital humano para atenderlos. Enfermeros especializados y otros no tanto fueron destinados al lugar. Algunos vivían en el manicomio y sentían verdadera simpatía por los internos; otros no pensaron lo mismo.

Entre el hastío los locos imaginaban persecuciones y alianzas entre médicos, enfermeras y el señor arzobispo para asesinarlos. “Me pelié con esta demonia”, decía uno, criticando a la perversa enfermera que le traía ganas, “porque desde hace tiempo me empezó a molestar. La desmeché. No crea que me arrepiento”.

La explicación era coherente, reconocía el médico, salvo que por esos tiempos jamás hubo mujer alguna al cuidado de los locos.

Fuera de los problemas cotidianos, los locos vivían bien y tenían espacio. La mayoría deambulaba en libertad. A veces, desde las ventanas hasta podían ver a los estercoleros. También podían ver a los alumnos de Medicina que se sentaban frente a ellos para estudiarlos.

“No se preocupen, muchachos”, acostumbraban decir los maestros antes de entrar al sanatorio, para calmar los nervios, “los locos son buena gente”. Los alumnos agradecían, esperaban y con el tiempo hasta les agarraron cariño. “Yo me llamo el 29 de Marzo”, decía un interno, presa de una melancolía que causaba estupor. Jamás se supo el origen de su tristeza. Años más tarde, entre unos viejos archivos del hospital, un estudiante descubrió que el 29 de marzo la familia del enfermo había muerto.

Pero la mayoría de los internos lo estaba no por loco, sino solo por cierta desviación de la norma; alcohólicos, violentos, irrespetuosos… Una vez adentro, lejos del estímulo que constituía su mal, se recuperaban rápido y hasta tenían tiempo de burlarse del vendedor de estiércol. El negocio era redondo: los locos disfrutaban y el abonero no se compungía. Al fin y al cabo eran cosas de locos.

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