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Las 13 muertes de Maximiliano de Habsburgo

El 21 de junio de 1867, Benito Juárez escribió a su yerno Pedro Santacilia:

“Hoy se ha rendido la ciudad de] México y es natural que Veracruz se rinda también dentro de pocos días… El día 19 fueron fusilados en Querétaro Maximiliano, Miramón y Mejía. No hay tiempo para más”.

El mensaje de Juárez era particularmente frío. Cuatro años recorriendo el país hasta los confines del territorio habían terminado por endurecer su carácter, de por sí inconmovible ante los asuntos de la nación. Por eso no vaciló ante las numerosas peticiones de indulto para el archiduque y sus generales. Por eso no cedió un ápice cuando la princesa de Salm Salm se arrodilló suplicando por la vida del emperador. Juárez tenía razón, no había tiempo para más porque el tiempo había terminado.

Y, sin embargo, mucho habrá reflexionado Don Benito desde el instante mismo en que fue enterado de la rendición de Maximiliano el 15 de mayo de 1867 y hasta el día en que pudo visitar –cinco meses después– el templo de San Andrés, lugar donde reposaban los restos mortales del archiduque, en espera de ser trasladados a su destino final en Austria. Faltaba el epílogo de la trágica historia del imperio y Juárez lo escribiría en la ciudad de México, en una fresca noche de octubre.

* * *

A las siete de la mañana con cinco minutos del 19 de junio de 1867, Maximiliano, Miramón y Mejía cayeron atravesados por las balas republicanas. Todavía no se disipaba el olor a pólvora cuando dos médicos se acercaron para certificar la muerte de los tres hombres y acto seguido fueron envueltos con sábanas de lienzo para depositarlos en sendos ataúdes de madera corriente que había mandado hacer el gobierno mexicano.

Seguramente por el tenso ambiente que se respiraba en Querétaro los días previos a la ejecución, nadie reparó en la estatura de Maximiliano –desde luego no era como la de Miramón o Mejía–, y ese pequeño detalle se hizo evidente cuando los médicos trataron de colocar el cuerpo del archiduque sobre el féretro correspondiente: era tan chico que sobresalían sus pies. A partir de ese momento, una serie de equívocos determinaron el progresivo deterioro del cadáver que pudo partir hacia Europa hasta finales de noviembre de 1867.

El mismo hombre que dos horas antes había salido rumbo al patíbulo, regresaba al Convento de Capuchinas en calidad de difunto. La capilla fue alistada para recibir al ilustre muerto y sobre una mesa de madera fue colocado el cadáver. “He aquí la obra de la Francia”, dijo el coronel Palacios señalando el cuerpo inerte del infortunado Maximiliano.

El cadáver presentaba cinco impactos de bala a la altura de las cavidades toráxica y abdominal, y uno más, el famoso “tiro de gracia”, en el corazón. El rostro no mostraba ninguno, pero varias contusiones eran notorias: tras recibir la descarga, el exánime cuerpo del emperador se había golpeado de frente contra el suelo; nada que no pudiera arreglar un poco de barniz.

La circunstancial designación de doctor Vicente Licea para realizar el embalsamamiento no fue, como lo demostró el tiempo, la decisión más afortunada. Pesaba sobre su reputación el cargo de haber entregado a Miramón a los republicanos mientras se atendía de una herida en la mejilla y eso provocó una serie de rumores que semanas más tarde eran del dominio público: se le acusó de haber tratado como carnicero el cuerpo del archiduque y de querer lucrar con sus órganos, vísceras y sangre.

Ciertamente, en los días posteriores a la ejecución, la adquisición de algún objeto que hubiese tenido contacto con el cadáver o fuera parte del mismo se convirtió, para muchos, en un tesoro de valor incalculable. Entre las damas de sociedad fue notorio este hecho, presentándose casos bastante singulares. Se cuenta que durante los siete días que duró el proceso de embalsamamiento era común observar a los sirvientes de las señoras entrar al convento de Capuchinas a entregarle al doctor Licea “lienzos y pañuelos para humedecerlos en la sangre del Habsburgo…”. Después de todo sangre azul.

Más tardó el doctor Licea en embalsamar al difunto archiduque que el medio ambiente en empezar a descomponerlo. El 28 de junio, dos días después de que fue puesto en su ataúd provisional, uno de los cristales del féretro fue roto accidentalmente por un soldado que, curioso, se acercó al cuerpo de Maximiliano para ver de cerca al llamado emperador. Nadie se percató del accidente o nadie quiso hacerse cargo. Pasó la estación de lluvias y el cadáver permaneció con el cristal roto hasta los primeros días de septiembre, cuando se ordenó su traslado a la capital de la República. Paradójicamente, “el cadáver se conservó, durante su permanencia en Querétaro, sin la más leve alteración, y sin despedir el más ligero mal olor”.

Pero el muerto estaba marcado por el infortunio. Durante el trayecto a la capital, el carro que transportaba los restos del Habsburgo volcó dos veces, y cayó en un arroyo. “La acción del agua que penetró permaneciendo en contacto con el cadáver y macerándolo produjo la degeneración grasosa que sufren algunas momias”. Al llegar a la ciudad de México, el cadáver era un desastre, del archiduque sólo quedaba el recuerdo y un cuerpo momificado que se iba ennegreciendo.

* * *

El templo de San Andrés fue construido en la segunda mitad del siglo XVII. Cerca de la Alameda Central, la iglesia se erigía al lado de una construcción aún más antigua cuyo uso había cambiado con el paso de los años: noviciado, colegio de jesuitas, casa de ejercicios y finalmente hospital. Con la expulsión de la orden de san Ignacio de Loyola en la segunda mitad del siglo XVIII, inició su paulatino deterioro y no fue sino hasta 1866 cuando fue reconstruida. Sin ser de las construcciones religiosas más importantes del periodo virreinal, el destino le reservó un pequeño papel en la historia que significó su destrucción definitiva: albergaría el cuerpo inerte del archiduque.

En los meses inmediatos al triunfo de la República, la ciudad de México empezó a mostrar visos de normalidad. Aun cuando los periódicos publicaban editoriales justificando la legalidad del juicio y muerte del Habsburgo, aplaudían el triunfo de la causa republicana o reproducían notas provenientes de Europa donde acusaban de bárbaros a los mexicanos, la mayor parte de la información se concentraba en las elecciones presidenciales que se aproximaban. Algunos anuncios seguían haciendo mofa del imperio: “Para que nuestros suscriptores no se vean en el mismo conflicto que Conchita Méndez, si les piden que canten “mamá Carlota”, les anunciamos que una edición de esta canción, con muy bonita impresión se expende en la redacción del Orquestón”.

El traslado de los restos del emperador a la ciudad de México se había realizado con mucha discreción. Ni siquiera los diarios dieron cuenta de ello -probablemente para evitar tumultos o manifestaciones en favor del imperio. En los primeros días de septiembre, las monjas que cuidaban el templo de San Andrés retiraron del sagrario “al Santísimo, los vasos sagrados, las aras, y los manteles”. En la parte más amplia de la iglesia fue colocada una larga mesa del siglo XVIII que según se decía había sido utilizada por el Tribunal de la Inquisición en cuyo derredor se reunían sus miembros. Sobre ella fue puesto el cadáver del austriaco.

Los médicos iniciaron el segundo embalsamamiento de Maximiliano un 13 de septiembre de 1867. Curiosamente, era un día 13 como los que habían marcado fatalmente su vida: el 13 de agosto del año anterior Carlota había partido hacia el viejo continente y jamás la volvió a ver; un 13 de febrero el archiduque marchó optimista hacia Querétaro dispuesto a jugarse la última carta de su efímero imperio. Un 13 de marzo decidió establecer su cuartel general en La Cruz, donde días después caería prisionero. Un 13 de junio había sido sentenciado a muerte. Todo ocurrió en poco más de un año.

Más que templo u hospital, San Andrés parecía cuartel. Había guardias en los principales accesos: las puertas, la azotea, las bóvedas… nadie podía acercarse, ni siquiera asomarse so pena de una severa sanción. En un ambiente de extrema seguridad, los médicos iniciaron un trabajo nada agradable. Extrajeron el cadáver de las cajas de zinc y madera en que venía colocado y procedieron a desvendarlo. Una vez desnudo el cuerpo, se ató en posición vertical a una escalerilla, y fue colgado hasta que escurrió todo el bálsamo que se había inyectado en Querétaro. “Y allí estaba aquel cadáver,/ Limpia la faz, roto el pecho,/ Como una lección terrible,/ Como un inmortal ejemplo…/ Pendiente de los dos hombros/ En un arco de aquel templo/ Y con los ojos de esmalte/ Retando al abismo negro”.

Una estela de rumores en torno al primer embalsamamiento había dejado el cadáver y al llegar a la ciudad de México las historias más asombrosas salieron a la luz. Según se dijo, los ojos del archiduque habían sido reemplazados por unos de cristal tomados de una imagen de Santa Úrsula; pero eran oscuros. También se llegó a mencionar que por las caídas que sufrió el cadáver en el trayecto de Querétaro a México, le faltaba un pedazo de nariz el cual había sido reconstruido con cera.

Las aberrantes historias, sin fundamento alguno, sostenían que uno de los oficiales republicanos virtió los intestinos sobre el cuerpo del archiduque al tiempo que decía: “Querías una corona. Aquí tienes una que debería agradarte”. Según esas narraciones, al hacer la primera incisión al cadáver, el doctor Licea habría dicho: “Qué voluptuosidad es para mí poder lavar mis manos en la sangre de un emperador”. En más de una ocasión El Diario Oficial desmintió esas historias y otras, acerca del supuesto estado de descomposición en que se encontraba el difunto. Por mucho tiempo, en toda Europa se habló de la barbarie mexicana; en México, Juárez no había perdido el sueño.

* * *

De camino a la capital de la República, Don Benito se detuvo en la ciudad de Querétaro el 7 de julio de 1867, casi tres semanas después del fusilamiento de Maximiliano. El cadáver se encontraba abandonado en el Palacio de Gobierno. Juárez no reparó en ello. Decidió pasar sólo una noche en aquella ciudad y continuar su camino a la mañana siguiente: la ciudad de México lo esperaba. El cadáver tendría que hacer una larga antesala antes de que Juárez le concediera audiencia.

¿Qué motivos reales impidieron la pronta entrega de los restos de Maximiliano a sus deudos? ¿Por qué transcurrieron cuatro meses antes de que partieran rumbo a Europa? ¿Fue un asunto político o una cuestión personal? ¿Existía en Juárez el deseo de ver el cadáver del archiduque? Difícil resulta encontrar una respuesta. Don Benito nunca mostró ninguna inclinación ni deseo alguno por conocer a Maximiliano, no obstante, las comunicaciones que recibió del archiduque exponiendo ese deseo. Juárez ni siquiera se dignó en contestar, pero unos meses después de la ejecución, ya instalado en Palacio Nacional, el presidente se tomó algunas horas de la noche para visitar el cadáver del Habsburgo.

Si el traslado de los restos de Maximiliano a la ciudad de México fue hecho con gran discreción, la visita de Juárez no lo fue menos. En una noche de octubre, un carruaje detuvo su andar frente al templo de San Andrés. Al abrirse la puerta, descendieron dos individuos a cuyo paso se cuadró la guardia que custodiaba el acceso principal de la iglesia. Era cerca de la media noche. El día anterior había concluido el segundo embalsamamiento. Todo estaba oscuro y sólo algunas velas iluminaban la entrada del templo. Los dos hombres “se descubrieron la cabeza y se dirigieron a la gran mesa en la que estaba tendido el cadáver de Maximiliano, completamente desnudo y rodeado de gruesas hachas encendidas, y se pararon junto al cuerpo. Juárez se puso las manos por detrás, y por algunos instantes estuvo mirando el cadáver sin hablar palabra y sin que se le notara dolor ni gozo: su rostro parecía de piedra. Luego con la mano derecha midió el cadáver desde la cabeza hasta los pies, y dijo: ‘Era alto este hombre; pero no tenía buen cuerpo: tenía las piernas muy largas y desproporcionadas.’ Y después de otro momento de silencio, agregó: ‘No tenía talento, porque, aunque la frente parece espaciosa, es por la calvicie.’ Don Sebastián Lerdo de Tejada, quien lo acompañaba, no dijo nada. Luego se sentaron en una banquilla que estaba frente al cadáver, siempre mirándolo. Juárez atravesó una que otra palabra con el jefe de la tropa, manifestándole su afecto por lo bien que estaba desempeñando su comisión de la custodia del cadáver.” Minutos después los dos hombres salieron de la iglesia y el carruaje se perdió en la oscuridad de la noche. La visita duró cosa de media hora.

La visita se realizó con tanto sigilo que los periódicos de la época no la registraron. Tal vez aquella noche, de nuevo en la capital del país, con el poder en sus manos, frente al cuerpo de Maximiliano, Juárez pudo concebir en toda su magnitud el triunfo de la República y su victoria personal.

Sólo faltaba esa visita. Algunos días después, a principios de noviembre, el gobierno mexicano entregó al vicealmirante Tegetthoff –representante personal del emperador de Austria– los restos mortales del archiduque. Para evitar cualquier otro contratiempo, se mandó construir un carro especial para trasladar el ataúd y evitar que en el sinuoso camino a Veracruz cayera nuevamente.

A las cinco de la mañana del día 13 de noviembre –un día 13, curiosamente– una fuerza de trescientos hombres de caballería se alistó para escoltar el cadáver hasta el puerto de Veracruz. Salían así, “los restos mortales del hombre que el 12 de junio de 1864, había sido recibido con extraordinario entusiasmo, en medio de una lluvia de flores arrojadas por un pueblo ansioso de paz y de ventura”.

El convoy partió de la Calle de San Andrés (Tacuba) y dobló a la derecha en Vergara (Allende), que cuadras adelante cambiaba su nombre por el de Coliseo. Era miércoles y la actividad citadina apenas comenzaba. Los carruajes atravesaron San Francisco (Francisco I. Madero) y dieron vuelta en Coliseo Viejo (16 de septiembre) con rumbo hacia el Zócalo, pero no entraron en él. De cualquier modo, a Maximiliano nunca le gustó el viejo Palacio virreinal; prefería despachar desde el Castillo de Chapultepec. Al llegar a Monterilla y su continuación Bajos de San Agustín (5 de febrero) la escolta volvió a doblar a la derecha buscando la salida hacia el oriente de la ciudad. Casi no había gente en las calles. Más que una escolta, aquel numeroso contingente parecía un cortejo fúnebre. El convoy dio vuelta a la izquierda al encontrar la calle de Jesús (República del Salvador). Los cascos de las patas de los caballos y las ruedas de los carruajes resonaban en todo el centro de la ciudad. Finalmente la escolta llegó a la calle del Rastro de Jesús (Pino Suárez), misma que los conduciría hasta la puerta de San Antonio Abad en las afueras de la ciudad. Algunos curiosos se detuvieron a observar cómo lentamente se alejaban los carruajes; el ilustre muerto abandonaba definitivamente la ciudad de México.

Para los periódicos de la capital que habían dado un amplio seguimiento a las noticias publicadas en Europa atacando al gobierno mexicano, la entrega del cadáver significó una especie de liberación moral para la República. Inexplicablemente habían pasado varios meses desde el fusilamiento del archiduque y nunca se había dado una razón de fondo para retener el cadáver. Finalmente se iba el muerto, y como en sus mejores tiempos, con todo y escolta. “Aprobamos la entrega, pues por más que en muchas partes de Europa hayan juzgado a los mexicanos injustamente, queremos probarles todavía que, si la necesidad nos obliga a hacer justicia, no nos cebamos en los cadáveres ni queremos que la familia del archiduque carezca de los restos de un desgraciado pariente”.

Con la partida del cadáver, San Andrés se abrió nuevamente al culto público. Reconstruida un año antes, la iglesia tenía un futuro prometedor. Una noche, sin embargo, un individuo se embriagó a tal extremo que en unión de “otros traidores, gritó vivas a Maximiliano, a Márquez y a otros corifeos de la traición”. En los meses siguientes partidarios del extinto imperio convirtieron el templo de San Andrés en una reliquia, en el bastión moral donde se reunían para recordar a Maximiliano.

Algunos liberales puros –no sin cierta exageración– veían en esas escasas muestras de adhesión al extinto imperio una amenaza para la República y un desafío a sus instituciones. La noche del 28 de junio de 1868 el gobierno republicano decidió asestar el golpe final contra los imperialistas. Juan José Baz –liberal que con anterioridad había promovido la mutilación del convento de San Francisco y gobernador del Distrito Federal–, a pico y pala se encargó personalmente y en una sola noche de la destrucción del templo de San Andrés. De esa forma, la iglesia desapareció para siempre y el último reducto del Imperio también sucumbió ante los republicanos.

Alejandro Rosas / Historiador

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