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OPINIÓN // Huele a interinato

Por Fernando Rodríguez

La línea política del Partido de la Revolución Democrática (PRD), aprobada en su último Congreso Nacional, entre sus preceptos más importantes, destaca que “sin menoscabo de nuestras intenciones por contribuir a reformas importantes que le sirvieran al país, la participación del PRD en el Pacto por México con el gobierno de Peña, quien no modificó aspectos esenciales de su proyecto neoliberal, generó confusión en el electorado, sobre todo en los sectores progresistas y de izquierda y afectó al partido en varias regiones del país (…)”.
Esta firma del Pacto por México, uno de cuyos mayores impulsores y defensores fue justamente el Gobernador de Michoacán, Silvano Aureoles, fue la metástasis que devino en el cáncer que se está tragando al PRD en todo el país. La manzana envenenada que le ofreció Enrique Peña Nieto a sus partidos firmantes, representó el envenenamiento de una fuerza política que dio la espalda no solo a sus fundadores, a sus mártires, a su base social, a su respaldo popular. Poco a poco el partido amarillo quedó en mano de sicarios políticos, de carroñeros, de mercaderes de la política, uno de cuyos últimos representantes, fue Aureoles Conejo.
Su gubernatura, lo cual ya todo mundo lo sabe, es producto de un acuerdo, de un pacto entre el entonces diputado presidente de la Junta de Coordinación Política y el Poder Ejecutivo de la restauración priísta. El Gobierno de Michoacán fue moneda de cambio por la aprobación de varias reformas estructurales, entre ellas la Educativa, la cual hoy por hoy yace en el fondo de su tumba política.
El gobierno del Nuevo Comienzo fue sólo flor de un día, brevísima alternancia, que se asfixia en la frivolidad de su gabinete y de la corte de aduladores, facinerosos, que no palpan la realidad, no la conocen de primera mano. Su interés primordial es rodear de cifras alegres al Gobernador del Estado, desplegar un amplio teatro de simulaciones y exaltar una historia política social que se antoja por demás ridícula y sumamente hipócrita. La maquinaria de la propaganda estatal adolece ya de verdades a medias, pero está bastante bien aceitada de dinero. Por lo demás, al concluir la actuación, esa misma corte silvanista corre acuciosa a los excesos del poder, al gasto desmedido en prebendas y artilugios. El dinero del estado está muy bien invertido en Polanco y las tiendas de Masaryk o hasta el Rodeo Drive.
Así habían transcurrido tres años, hasta que la soberbia se topó con su espejo. La derrota electoral de julio del 2018 puso al poder perredista local en su lugar y los despertó de forma abrupta de su ensueño aderezado por las corruptelas y los amoríos de pasillo.
El triunfo avasallante de López Obrador y su partido en el estado, no sólo desplazó al PRD, sino que comenzó un proceso de vaciamiento de sus fuerzas vivas y de sus poderes regionales más importantes. Tras julio del 18, el PRD Michoacano se convirtió en un partido de empleados de Gobierno, los únicos que respaldan al Gobernador.
Pero la puntilla se la está dando ADN, uno de los dos pilares que sostenía al gigante con pies de barro. La decisión de las huestes de Torres Piña de abandonar al partido y llevarse su estructura, muy previsiblemente a Morena, deja desahuciado al otrora poderoso partido de la izquierda michoacana.
Antes de tomar esta decisión, los de Torres Piña fueron ninguneados, sobajados, humillados, arrinconados y menospreciados por la tribu silvanista de Foro Nuevo Sol, por el Gobierno Estatal y por el mismísimo gobernador. La decisión de salirse ya estaba ampliamente justificada.
Ahora bien, lo que resta para el Gobernador es sólo desojar la margarita, porque la fuerza política que le quedó para defenderlo es casi inexistente.
Silvano Aureoles valora enfrentar solo la travesía del desierto por los tres largos años que le restan en el Gobierno, tratar de coaligarse al PRI y quitarle el respirador artificial al PRD o de plano pactar por debajo del agua con Morena. Su sexenio se convirtió en trienio, y en Michoacán, una vez más, huele a interinato.

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