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#ENTRELÍNEAS // Un PRD, con otro nombre, ¿para qué?

Héctor Tapia

Dice la canción “y puedo cambiarte el nombre, pero no cambio la historia”; fue lo primero que me vino a la mente cuando se dio el anuncio de parte del Comité Ejecutivo Nacional del Partido de la Revolución Democrática (PRD) de que buscaría refundarse o, incluso, crear un nuevo partido político.

Es entendible que la búsqueda de la conformación de un nuevo instituto político resulte atractivo para el partido del sol azteca; las votaciones recientes reflejaron un gran rechazo en las urnas para su proyecto político donde se alió con su acérrimo en una coalición que hasta hace todavía unos años se antojaba impensable, con el Partido Acción Nacional (PAN).

En los últimos años el PRD fue tomando una serie de determinaciones que le fueron alejando de lo que le dio origen como movimiento social y de izquierda que confrontó a todo un régimen. Y esto fue despertando más y más molestias entre sus fundadores.

Estas inconformidades llevó a fundadores y figuras representativas del partido a renunciar a su militancia: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Andrés Manuel López Obrador, quienes fueron sus candidatos presidenciales, desde que nació este partido político.

Con ellos se salieron también otras figuras representativas del PRD; fueron abandonando un barco que no se dirigía al destino o rumbo que les dio causa y origen.

El costo político adicional del “Pacto Por México” que signaron con la presidencia de la República que fenece, que está a menos de dos meses de culminar constitucionalmente, fue pretexto también para que se agudizaran las diferencias internas.

Pero no sólo eso, la pugna eterna entre sus tribus, llevó a una disputa constante por los espacios de decisión dentro del partido, llevándolos a múltiples ejemplos de imposiciones  de decisiones a su militancia, y tarde se dieron cuenta del costo que habían tenido: alimentaron con estas inconformidades y molestias, entre sus simpatizantes y afiliados, a un movimiento iniciado desde el mismo PRD por Andrés Manuel López Obrador, que posteriormente se convirtió en Morena, y que a la postre llevó al tabasqueño a conquistar la Presidencia en las urnas el 1 de julio pasado.

Estratégicamente, cuestión de marca, se entiende que se quiera crear un nuevo partido político, más por el rechazo que tienen y la cada vez menos identificación de este con la sociedad. Buscan comenzar de cero.

Pero para esto hay que entender un aspecto específico: la sociedad está cansada de los partidos políticos, por los prácticamente nulos resultados que han dado en varios aspectos que para le son prioritarios, como resultados reales en la lucha contra la corrupción. A la sociedad un partido político le significa la manutención, con dinero público por supuesto, de toda una burocracia que busca enquistarse en el poder. Le significan clubs de colocación, y no una representatividad real. Este rechazo derivó también en la proliferación en algunos lugares de las figuras “independientes”, pocos de estos con resultados realmente positivos.

Un nuevo partido en la geografía de la política mexicana podría ser rechazado por la sociedad, el electorado, porque además no sería el único que buscaría esta opción; el PRI ha sugerido que también lo toma en cuenta.

Cambiando de nombre buscan borrar de la memoria las determinaciones que han tomado y sus consecuencias; de poco servirá un nuevo instituto político si siguen cobijando las mismas prácticas cupulares y de “compadrazgos”, si siguen alimentando tribus donde se privilegian los intereses individuales o de grupo. Un PRD, con otro nombre, ¿para qué?

 

 

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