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OPINIÓN / La pobreza en Michoacán

Por: Gerardo A. Herrera Pérez*

Durante noventa días recorrí el Estado de Michoacán; lo hice en función de una campaña electoral que me permitió establecer contacto con todos los sectores productivos del Estado, del primario, del secundario y del sector servicios.

También pude ver amplias asimetrías de la concentración de la riqueza y del poder, así como los impactos que ello genera, una mala distribución de la riqueza nacional y del Estado, en perjuicio de los más pobres.

Si bien, Michoacán se enorgullece por sus productos de demanda internacional, entre ellos: el aguacate, los frutos rojos (fresa y zarzamora); así como otros que van también al mercado nacional: mango, limón, papaya, toronja, guayaba, coco.

Los beneficios de la producción quedan en manos de los propietarios de las huertas, de los intermediarios, de otros, menos de quienes hacen posible que suceda esta producción; los jornaleros migrantes, los cortadores hortofrutícolas, aquellos que venden su fuerza de trabajo.

Durante estos meses, tuve la oportunidad de conversar con productores agrícolas, ganaderos, pescadores, acuicultores, abarroteros, venderos de bienes y servicios, pero también converse con pequeños productores de papas fritas, de elotes cocidos, de garbanzos asados, mujeres y hombres que venden comida: tamales, atole, quesadillas, sopes, tortas, gazpachos, pan, aseadores de calzado, de productores de cestos de mimbre y carrizo, y una infinidad de personas con oficios, quienes siempre manifestaron la necesidad de mayores apoyos para su producción por parte de la autoridad competente a través de la definición de diseño de políticas públicas que mandaten los marcos normativos y les permitiera mejorar sus niveles de producción.

No obstante, también conversé con los jornaleros, que es la fuerza de trabajo que está al servicio del proceso de producción agrícola principalmente, aunque también hay jornaleros en las áreas ganaderas que atienden los corrales de manejo. Los jornaleros es una fuerza de trabajo fundamental para la atención de los procesos productivos, se necesita tanta fuerza de trabajo como hectáreas de huertas se tengan, o producción de ganado se tenga.

Aún así, los jornaleros siguen careciendo de ingresos suficientes derivado de su trabajo en el campo, que les permitan palear sus necesidades básicas, en ellas, contar con una vivienda digna, una alimentación nutritiva y variada, una salud y educación de calidad, y un sueldo, no que reproduzca las condiciones mínimas de su familia, sino las necesarias, de aquellas que aseguren las condiciones a lo que aluden los derechos humanos, las libertades, que en conjunto aseguren la dignidad humana de éstos y sus familias.

Otro aspecto, que me toco observar, es que los jornaleros se apoyan en muchas ocasiones de su esposa y de sus hijos, y que el conjunto de sus ingresos constituyen el volumen de recursos con que enfrentan el proyecto de vida de la familia, pero que ni aun así alcanza para satisfacer todas las necesidades básica.

La pregunta obligada es porqué los niños, niñas o adolescentes, que deberían estar en la escuela, los encontramos trabajando en los campos agrícolas, o bien, pidiendo limosna por las calles, en los restaurantes de los portales de las cabeceras municipales.

Este es otro de los grandes retos que tienen los programas institucionales de apoyo a las niñas, niños y adolescentes. Lo que vi es una gran precariedad entre los jornaleros, más allá de nuestros indicadores del CONEVAL Pobreza, lastima ver a niños fuera de sus centros escolares y sin atender sus necesidades de salud básicas y de una alimentación de calidad.

Lo que vi fue mucha pobreza: personas acercándose a pedir apoyo para: comprar un medicamento, para comprar los boletos del camión e ir a consulta, para la comida del día siguiente, para los lentes, para la rehabilitación, para comprar material para las prácticas escolares, para asistir a un evento religioso, en fin, para mil cosas.

Me duele, todo esto que viví, y que espero que quienes hoy son autoridades electas y en unas semanas serán autoridades constitucionales, logren avanzar en la atención de la pobreza estructural; de esa pobreza que deja de manifiesto la mala redistribución de los beneficios (exportamos los productos del campo) y las oportunidades que llegaron a los propietarios, pero no a los obreros, a los jornaleros, a quienes prestan servicios (en pequeños negocios propios o de terceros), y que no han logrado superar esta posición de mejoría, al contrario suman los indicadores de fracaso (no pueden tener un buen empleo, o un empleo en el mejor de los casos), de necesidades insatisfechas (casas de madera con techos de lámina de cartón o de lonas de campañas) y de pocas esperanzas para mejorar su calidad de vida y la de sus familias.

Muchas personas me expresaron “estamos olvidados del gobierno”. Esta pobreza está aquí entre nosotros, la ví en Ciudad Jardín, en el Resplandor, ahí mismo en el Quinceo, y no se ha alejado, aun cuando tenemos los programas de atención a la pobreza que responden a un diseño de política pública para mejorar la calidad de vida de la población; pienso que se trata entonces, de una realidad histórica, y que se explica a partir de reconocer la incapacidad política que han tenido los gobiernos para corregir y en su caso mejorar la distribución de la riqueza nacional y que alcance a un mejor ingreso y en beneficio de los más pobres de México.

Estamos frente al inicio de un nuevo gobierno, el cual deberá proteger la propiedad privada, son derechos humanos, y por ende también protegerá la propiedad de los mecanismos de producción, su reto es hacer que esa concentración de la riqueza de pocas manos sea mejor distribuida haciendo que llegue a las personas que viven en pobreza. Mucho por hacer y trabajar con las comunidades, con los jornaleros y con las autoridades.

 

Gerardo Herrera Pérez es licenciado en Derecho y maestro en Desarrollo Rural; candidato a doctor en Política, Gobernabilidad y Política Pública. Es promotor de marcos normativos y de diseño de políticas públicas para la igualdad y no discriminación. Ha sido merecedor de varios reconocimientos, entre los que destacan el Premio al Mérito Michoacán de los Derechos Humanos, la presea Vasco de Quiroga, entre otras.

 

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