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OPINIÓN // Después del 1 de julio

Héctor Tenorio

El inobjetable y contundente triunfo de Andrés Manuel López Obrador es el reflejo del hartazgo de la población a una política que los empobreció de manera sistemática desde 1982. Ante los ojos de la opinión pública, los responsables del desastre en que se encuentra el país son el PRI y el PAN. En este sentido el 1 de julio fue un referéndum de la gestión del presidente de la República, Enrique Peña Nieto. El resultado está a la vista, saldrá repudiado. Los escándalos de corrupción terminaron opacando las reformas estructurales que en el siguiente gobierno sufrirán modificaciones, incluso la educativa correrá riesgos de ser suprimida.

En este contexto, López Obrador aprovechó la reunión con Peña Nieto, celebrada el pasado 3 de julio, para fijar sus prioridades. Al salir del encuentro el tabasqueño remarcó su preocupación sobre las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), todo parece indicar que está a punto de colapsar. Entiende que la relación con el mandatario estadounidense Donald Trump resultará compleja.

El objetivo de AMLO fue mandar una señal de tranquilidad a los mercados financieros, que temen que su llegada al poder se traduzca en una devaluación del peso frente al dólar. Garantizó la independencia del Banco de México, prometió que habrá estabilidad económica y las decisiones se tomarán con responsabilidad.

Quedó claro que AMLO empezará a marcar la agenda política de la nación desde este momento, por lo mismo resulta importante el llamado que hizo a la reconciliación nacional. En otro asunto relevante, amplió el gabinete que nombró cuando estaba en campaña: todavía nadie debe sentirse seguro. Faltan temas importantes de abordar con mayor precisión, como el combate contra el narcotráfico y la desigualdad social, etc.

En este nuevo escenario, los priístas se encuentran ante una debacle histórica, tardarán mucho tiempo en levantarse. En enero su militancia inició una fuga hormiga rumbo a Morena, ahora es evidente. Perdieron dos millones de votos duros.

Con la caída del grupo Atlacomulco, Peña Nieto queda a expensas de la ira de sus correligionarios; lo señalan como el responsable de lo sucedido. Miguel Ángel Osorio Chong, Manlio Fabio Beltrones y varios gobernadores serán los que destierren del tricolor a los peñistas que aún quedan.

A los panistas tampoco les pinta bien el panorama, pronto iniciarán una batalla campal para ver quienes se adueñan del instituto político, están a un paso de fragmentarse. En esta disputa entrará el ex mandatario Felipe Calderón y su esposa Margarita Zavala, quienes tienen cuentas pendientes con el ex candidato presidencial Ricardo Anaya. Nada bueno saldrá de todo esto.

Otros que están de capa caída son los perredistas, perdieron su principal bastión: la Ciudad de México, a lo que se añaden las derrotas en Morelos y Tabasco. Su único refugio será Michoacán, el problema es que el actual gobernador Silvano Aureoles Conejo tiene un proceso de expulsión del sol azteca por haber apoyado a José Antonio Meade.

En contraste, el Movimiento Ciudadano (MC), salió bien librado del desastre de la coalición Por México al Frente. Ellos apostaron su capital político a Enrique Alfaro, que gobernará Jalisco. El Partido del Trabajo (PT), tampoco se puede quejar, apoyaron a AMLO y les irá bien en el próximo sexenio. El Partido Verde Ecologista de México (PVEM), tendrá que aprender a ser oposición. Mientras, Nueva Alianza (PANAL) y Encuentro Social (PES) podrían perder su registro.

Así quedó el tablero, veremos cómo los institutos políticos acomodan sus fichas.

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