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El eterno tabú alemán


Adolf Hitler anuncia la declaración de guerra a los EE. UU en el Reichstag el 11 de diciembre de 1941. Fuente: Wikipedia.

El nazismo y la Segunda Guerra Mundial fueron sucesos que marcaron profundamente la Historia de Europa. En cierto modo, aún la sigue marcando: parte de la motivación para crear un proyecto común europeo nació justo después. La desnazificación fue una iniciativa que pretendía la limpieza de la sociedad, la prensa, la cultura y la política del mayor número de elementos nazis posibles, una suerte de condena oficial del régimen. ¿Ha cerrado Alemania su herida?

Pocos recursos o experiencias recogidas reflejan tan bien la manera en la que el nazismo estaba inserto en la vida diaria de los alemanes como la película El hundimiento. En ella se logran retratar de una manera bastante vívida los últimos días de Hitler y sus más allegados en el búnker donde se escondieron cuando la derrota del bando alemán estaba sentenciada y los aliados, decididos, tomaban el país. El nazismo, entendido a aquellas alturas ya casi como un estilo de vida, una manera de ser, despertaba pasiones y odios a partes iguales en muchos rincones de Alemania. Tras tantos años de machaque, propaganda y aleccionamiento, una cosa estaba clara: con la derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial y el aparente fin del nazismo, el mundo no volvería a ser el mismo.

Testimonios como El diario de Ana Frank no son los únicos que han trascendido a la actualidad. Al otro lado de la vertiente encontramos a personas para quienes el nacionalsocialismo y todo lo que ello implicaba era la única manera en la que deseaban vivir. Personas como Magda Goebbles, quien mató a sus hijos a golpe de cianuro en el búnker, convencida de que un mundo sin nacionalsocialismo no sería lo suficientemente bueno para ofrecerles un futuro prometedor. O los suicidios de cientos de individuos y familias enteras antes de la llegada de las tropas soviéticas buscando evitar las represalias como perdedores de la guerra. La derrota de Alemania en la Segunda Guerra Mundial marcaría el fin de una etapa de la que el país todavía hoy se avergüenza.

Conquistar la democracia

Tras la Primera Guerra Mundial, el ánimo alemán había tocado fondo. Tras el armisticio de Compiègne, que eliminó las hostilidades entre ambos bandos, llegó el caldo donde se cultivaría gran parte del origen de la Segunda Guerra Mundial: el tratado de Versalles, de 1919. Del punto principal del tratado, el que afirmaba que Alemania era la única causante del conflicto, se derivaban todos los demás: el país perdería territorios a favor de Francia, Polonia, Dinamarca y Bélgica, entre otros, como compensación económica y territorial por los daños generados. El tratado también recogía la creación de la Sociedad de Naciones, que buscaba la seguridad colectiva y el arbitraje en conflictos internacionales. Este grupo y el tratado limitaron el número de soldados del Ejército alemán, además de prohibir al país la construcción de tanques y artillería pesada.

Expansión del eje alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Fuente: H. Contemporánea Sauces

En enero de 1933 Hitler fue nombrado canciller de Alemania en un intento de poner en el poder a alguien que fuera fácilmente manipulable, o eso era lo que pensaba Franz von Papen, quien pasaría a la Historia por ser una figura clave en la disolución de la República de Weimar. Lo cierto es que, ya entonces, Hitler se hizo con el poder absoluto, y terminó de confirmarlo un año después, tras la muerte del presidente de la república, con un plebiscito que lo convertiría en Führer. Los resultados del plebiscito —39 millones de votos, el 90%— no deben llevar a engaño: para entonces, muchas libertades y derechos básicos ya se habían eliminado, algunos partidos políticos habían pasado a la clandestinidad por ilegales y la presión para votar a favor era cada vez mayor. Sin embargo, la relativa poca oposición que recibió en aquel momento una corriente que existía desde los años 20 —justo cuando la población alemana recibió las duras condiciones del tratado de Versalles con humillación y enfado— y que no alcanzó su punto álgido hasta los años 30 responde a una mezcla de contextos político, social y filosófico sin la cual no sería posible acercarse de manera objetiva a lo acontecido.

Si bien en la mezcla todo tuvo su papel, es de suponer que las cosas habrían salido distintas si las corrientes filosóficas y los colapsos de los sistemas políticos existentes no se hubieran topado con una población humillada tras la guerra. Alemania, incapaz de salir adelante económicamente debido al pago del tributo como compensación a los aliados vencedores, contenía entre sus fronteras el descontento de una población que no entendía por qué debía pagar por una guerra que ellos, individualmente, no habían iniciado. La Gran Depresión solamente terminaría de colapsar una economía ya quebradiza, lo que desembocó en más descontento.

Imagen propagandística del nazismo ante la ruina económica del país: “Nuestra última esperanza: Hitler”. Fuente: Las historias de Doncel

En lo político, las democracias liberales perdían fuerza frente a otros sistemas de gobierno que probaban ser más eficaces —como el “gobierno fuerte” de Mussolini— y controlar el caos económico en el que se encontraban diversos países debido a la Gran Depresión. Muchos referentes de la época, entre ellos Carl Schmitt, criticaban el error que suponía equiparar la democracia con el parlamentarismo cuando la equivalencia real, pensaba Schmitt, era la homogeneidad. El Parlamento se veía, consecuentemente, no ya como un ágora donde se buscaba el bien común de la comunidad, sino donde pequeños grupos con intereses distintos discutían y hacían que reinara el caos debido a la irrupción de la sociedad de masas en la vida política. Pensadores como Schmitt o Weber, entre los más destacados en este pensamiento, afirmaban que solo quedaban dos opciones frente a los colapsos de los Parlamentos: o bien un grupo se imponía sobre otro o se buscaba obtener una sociedad más homogénea en intereses y objetivos.

En lo cultural y filosófico, conquistaban poco a poco Europa las corrientes opuestas al positivismo. Tomó fuerza la geopolitik alemana y su uso del concepto “espacio vital” como arma para la guerra y justificación de la expansión de las fronteras alemanas: el nacionalismo alemán, su esencia misma, necesitaba más espacio para poder desarrollarse y crecer correctamente, atendiendo a sus demandas; de lo contrario, estaba abocado al fracaso. Esto, sumado a las teorías elitistas políticas que desembocaban en una especie de darwinismo social, se volvería uno de los pilares básicos del nacionalsocialismo.

Esta ideología dominó Alemania de forma oficial y estatal hasta 1945, con una propaganda constante y entendida como un medio hacia un fin. Su objetivo final era hacer entender a las personas que debían dedicarse a sus tareas de manera voluntaria y compartir las preocupaciones del Estado. Los fracasos, así como las victorias, tenían que ser presentados ante el pueblo alemán de tal manera que los sintieran como propios. Por ello, la propaganda nazi simplificaba los hechos y resaltaba solo los más importantes —y no siempre la verdad—, aquellos que promovían el sentimiento de nación entre los ciudadanos.

De manera masiva, a través de los principales canales de información y con un control férreo sobre estos, se edificaba poco a poco la imagen de un país fuerte donde existían claras diferencias raciales, la idea de que las razas fuertes debían imponerse ante las débiles y la verdad absoluta de que Hitler era el héroe que había salvado a Alemania de la miseria y la desaparición. No todos los alemanes vivieron con el mismo entusiasmo esta ideología, pero aquellos que nacieron durante la época y no habían conocido ningún pensamiento alternativo eran, como es lógico, los más fieles al movimiento.

Y el nacionalsocialismo no fue

El futuro sería nacionalsocialista o no sería. Esa era la premisa de muchos durante los años que duró el régimen, durante la Segunda Guerra Mundial e incluso después del fin de Hitler. Las tropas vencedoras que invadían Alemania y llegaban a Berlín se enfrentaban ahora a una misión no menos complicada que la militar: enseñar a los alemanes a desandar lo andado desde los años 20.

Entre julio y agosto de 1945 se reunirían en Potsdam Clement Attlee, Truman y Stalin con la finalidad de ponerse de acuerdo sobre el futuro de Alemania, en lo que hoy se conoce como la conferencia de Potsdam. Se establecería entonces la división administrativa del país —zona británica, zona francesa, zona soviética y zona estadounidense—, así como la creación de un consejo supremo de control, donde residiría el poder real del país, formado por los comandantes militares de las cuatro zonas de ocupación. Se definió entonces el plan de las cuatro D: desnazificación, desmilitarización, descartelización y democratización.

La desmilitarización y la descartelización se comenzaron a aplicar sin ningún tipo de espera. Pronto, en todas las zonas ocupadas se prohibieron las tradiciones militares, exhibir medallas y uniformes oficiales de cualquier tipo. Se prohibieron también monumentos, carteles y placas que engrandecieran al Ejército alemán; de las librerías desaparecieron miles de ejemplares que promovían el militarismo y la violencia. Desde el comienzo de la ocupación, además, se prohibió toda la exhibición de símbolos nazis, desde esvásticas hasta el saludo fascista.

La democratización, educar de nuevo en los valores democráticos, era una tarea ardua, pero importantísima: había que mostrar a los alemanes que aquel sistema en el que habían sido educados durante más de diez años contradecía muchos derechos fundamentales y leyes internacionales. A este proceso ayudaron acciones como la creación por parte del bando estadounidense del periódico Die Neue Zeitung, dirigido a la población alemana y que buscaba ser un medio para convencer de que las ideas militaristas debían ser eliminadas. Trataban de dar voz en sus páginas a mentes alemanas agudas y defensoras del internacionalismo, la democracia o el liberalismo político. El crecimiento económico ayudó a la instauración y solidificación de la democracia al relacionarse una mejora en la calidad de vida de los individuos con la apertura democrática del país.

Desnazificación: ¿culpa individual o colectiva?

El proceso de desnazificación fue una misión más subjetiva, en la que los límites se desdibujaban y las culpas se iban desvaneciendo en la cadena de mando. Si bien todas las partes del bando vencedor estaban de acuerdo en que había que buscar culpables y hacer públicos los crímenes cometidos, el procedimiento no estaba claro. ¿De quién era, exactamente, la culpa? ¿De todos los alemanes? ¿De los altos cargos?

La película y libro El lector tratan esta cuestión tan subjetiva dejando la puerta abierta a múltiples interpretaciones y mostrando la dificultad de condenar y comprender al mismo tiempo. La culpa deja de definirse tan claramente cuando hay dificultades para distinguir entre aquellos que hicieron la vista gorda, los que participaron activamente en los crímenes perpetrados por el nazismo y los que eran menos culpables o culpables indirectos. Incluso Hannah Arendt, filósofa política exiliada, interpretó, después del juicio a Eichmann, lo que más tarde definiría como “la banalidad del mal”: que los individuos, simplemente, cumplían órdenes. Imaginó una especie de enjambre, un megaorganismo donde todos se limitaban a seguir los dictámenes de la cabeza pensante, el líder. Y, si bien dedicó toda su vida a alertar de los síntomas de las sociedades totalitarias, sus afirmaciones corrían el riesgo de hacer que se absolvieran muchas culpas.

Imagen propagandística de los bandos vencedores tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Schuldig significa en alemán ‘culpable’. Fuente: El Holocausto

Comenzaron a usarse términos como “culpa colectiva” o “responsabilidad colectiva” al entenderse que todos, de una forma o de otra, habían sido cómplices del nazismo. La propaganda se usó entonces en sentido inverso: se inició una campaña masiva que buscaba inculcar un sentimiento de culpa en toda la sociedad alemana. De la misma manera que se crearon editoriales y periódicos para promover la democracia, también se crearon para asegurarse de que todos y cada uno de los alemanes escuchaba diariamente los crímenes cometidos bajo el régimen de Hitler. El uso de carteles con imágenes reales de las víctimas en los campos de concentración se convirtió en algo habitual; en algunas localidades cercanas a campos de concentración se guiaba a los habitantes para que vieran los cadáveres y las atrocidades de primera mano. Las mismas frases recorrían las calles de Alemania de una manera constante, acompañadas de imágenes de cadáveres o víctimas: “¡Tú eres culpable de esto!”; “Estas atrocidades, ¡culpa tuya!”. Durante esos años, incluso se produjeron una serie de películas de concienciación, como Welt im Film No.5.

Si consideramos que el partido nazi tenía en 1945 cerca de nueve millones de afiliados, buscar culpables directos dentro de ese entramado resulta complicado. Así nacieron los Frageborgen, cuestionarios políticos que se distribuyeron en las zonas occidentales de Alemania con 133 preguntas a lo largo de doce páginas que debía responder cada ciudadano. Según las respuestas, se distinguía entre distintos niveles de culpabilidad o implicación con el nazismo y sus crímenes. Sin embargo, el cuestionario no resolvía el problema principal: una Administración todavía dominada por exafiliados al partido. Condenarlos o juzgarlos sin hacer colapsar el sistema —de nuevo— era una tarea prácticamente imposible.

Para ampliar: “El Tercer Reich económico: las empresas que ayudaron a Hitler”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2014

Los juicios celebrados en Núremberg entre 1945 y 1946 son una muestra de las deficiencias que, pese a todo, tenía el proceso de desnazificación. A pesar de que buscaban depurar responsabilidades y dictar sentencias y condenas para todos los funcionarios y dirigentes o colaboradores del régimen nazi, lo cierto es que muchos de ellos habían huido a otros países y no fueron juzgados hasta muchos años más tarde. Otros fueron juzgados y absueltos o condenados a penas ínfimas considerando el alcance de los crímenes cometidos. De los 24 dirigentes nazis juzgados en Núremberg, 11 fueron condenados a la horca. Las empresas que habían colaborado con el régimen no sufrieron condena alguna; muchas siguen operando hoy en día.

¿Ha pagado Alemania su deuda?

El Holocausto, así como el nazismo, son temas relativamente tabúes en la sociedad alemana. Muchos alemanes cuentan cómo en la actualidad en los colegios se sigue transmitiendo desde la infancia ese sentimiento de culpa y vergüenza que parece deberá acompañar a los alemanes hasta el final.

Sin embargo, aunque la actitud de Alemania en la posguerra y los años posteriores fue alabada y aplaudida por todos, aún se le critican ciertas actitudes; entre ellas, lo que ha tardado en entregar documentos confidenciales a historiadores y víctimas supervivientes —20 años—. Además, queriendo centrar toda la culpa en Hitler y el partido nazi e invocando el derecho a la privacidad, negó el acceso a archivos oficiales que a lo mejor hubieran permitido encontrar a algunos dirigentes que habían huido tras el fin de la guerra. En lo económico, Francia y Reino Unido todavía consideran que Alemania debería haber pagado alguna compensación económica —a pesar del pago de indemnizaciones al Estado de Israel y a las víctimas supervivientes del Holocausto—.

Para ampliar: “Europa y su ‘regreso al futuro’: el avance de la extrema derecha”, Fernando Arancón en El Orden Mundial, 2014

La Historia es un cuento que se va olvidando generación tras generación, que se naturaliza y se convierte en leyenda. Convencidos de que no volverá a ocurrir, las nuevas generaciones crecen convencidas de que Europa no puede vivir otra vez un Holocausto ni otro nazismo. A pesar de que Alemania es de los países que más inmigrantes recibe al año, la política del miedo sigue latente. Y el ascenso de la extrema derecha en Europa también.

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