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La batalla cultural por el sobrepeso en México

Berenice ha sido regordeta durante toda su vida. Cuando era niña, sus tías la tomaban siempre por los cachetes, los brazos o las piernas, como apretando un malvavisco, y sonreían por la agradable sensación que les daba apretujarla entre sus dedos. Conforme Berenice fue creciendo, la aprobación cariñosa de su familia se terminó. La figura esencial del rechazo fue su madre, quien la presionaba constantemente para que comiera porciones limitadas y solamente de alimentos saludables, lo cual terminaba por provocarle más ganas de llenarse de comida chatarra. Las peleas se volvieron interminables en las tiendas de ropa, cuando la joven no lograba que su cuerpo entrara en la talla más grande que la tienda tenía disponible. Con ese cuerpo, le decía su mamá, nunca iba a gustarle a nadie.

Los reproches de su madre nunca se fueron, como tampoco lo hicieron los kilos “extras” en su cuerpo. Berenice hizo todo tipo de dietas; algunas le ayudaron a rebajar un poco, pero en breve tiempo recuperaba su volumen y su peso. Dice estar segura de que su cuerpo es así, relleno, y que por más que se esfuerce no va a lograr cambiarlo para ser esbelta.

A sus poco más de 40 años, Berenice decidió alejarse lo más posible de su mamá y prestar menos atención a las críticas de ella y de otras personas, que constantemente cuestionaban su cuerpo, el cual, a simple vista, no parece estar más allá de la talla 34. Cuenta que ya no se pesa, que evita entrar a ciertas tiendas de ropa donde sabe que no habrá nada adecuado para su cuerpo y que esa es su forma de respetarlo tal y como es.

 

Poder gordo

En 1967 apareció por primera vez en el panorama de Estados Unidos un esfuerzo organizado por reivindicar la gordura. Se dice que un grupo de unas 500 personas obesas se apersonaron en el Parque Central de Nueva York para decir basta a los duros juicios que recibían de la sociedad y enarbolar el orgullo por sus cuerpos, no necesariamente por ser gordos, sino simplemente por existir.

A partir de ahí se conformaron diversos grupos y asociaciones que buscaban lograr la aceptación de la gordura. Y entre sus primeras acciones estuvo apropiarse del término “gordo”, antes de que la ciencia médica puliera el protocolo de llamar “sobrepeso” u “obesidad” a los kilos y la grasa que presumiblemente sobran en un cuerpo. Así, las frases “poder gordo”, “activismo gordo”, “liberación gorda” y “revolución gorda” comenzaron a enarbolarse cada vez más.

Empezó a gestarse toda una corriente en la que la gente de talla grande o de talla diversa, como también se autodenomina, reivindica su derecho a existir y se planta frente a la exigencia social que dictaba que solamente los cuerpos esbeltos o incluso atléticos son dignos de exhibirse.

Existe una corriente en la que la gente de talla grande o de talla diversa, como también se autodenomina, reivindica su derecho a existir y se planta frente a la exigencia social que dictaba que solamente los cuerpos esbeltos o incluso atléticos son dignos de exhibirse.

Los cuerpos considerados obesos son rechazados no sólo en los círculos de socialización, sino también en las escuelas, a través del bullying o del prejuicio que incluye a los maestros, y hasta en el mundo laboral, donde las empresas prefieren no contratar a personas con exceso de peso, pues consideran que no serán capaces de rendir lo mismo que una persona más delgada.

El rechazo a un cuerpo no escultural tiene particulares consecuencias en las mujeres. En este sentido, algunos investigadores observan que el movimiento gordo está estrechamente relacionado con el pensamiento feminista, pues éste último ha arropado grandemente al primero en ciertos momentos históricos, como la década de los años setenta y ochenta. De hecho, el feminismo y el movimiento por la aceptación de la gordura coinciden en otro punto teórico importante: el sistema económico capitalista rechaza a los gordos porque considera que le costarán más (en enfermedad, en ausentismo laboral) de lo que le pueden dar a ganar a través de la explotación de su trabajo.

 

Medidos con la misma vara

Una de las áreas en donde la gente gorda se ha sentido más claramente discriminada es en el ámbito médico. Lo primero que un doctor hace al otorgar una consulta de primera vez es medir y pesar a la persona. A partir de ahí, la recomendación será perder peso si es que, según los parámetros del sistema de salud, el individuo presenta sobrepeso u obesidad. También a partir de ahí se presumirá el tipo de enfermedades y problemas que puede tener.

Hoy en día, el indicador que más comúnmente se utiliza para determinar si una persona tiene sobrepeso u obesidad es el Índice de Masa Corporal (IMC). Tal índice se obtiene al dividir el peso de la pesona en kilos entre el cuadrado de su estatura en metros. Según el número obtenido, existe una tabla que ubica los resultados en peso bajo, peso normal, sobrepeso y obesidad.

El problema de este criterio, dicen aquellos que reivindican la gordura, es que relaciona dos medidas demasiado básicas como para saber si la persona está en un verdadero riesgo de padecer enfermedades graves. Un levantador de pesas, por ejemplo, tendrá más peso que un hombre que no haga ese ejercicio, aun cuando los dos tengan la misma estatura, pero esto se deberá a que el músculo es más pesado que la grasa y ese dato no se toma en cuenta al momento de obtener un IMC.

“¿Por qué visualizamos el empoderamiento de las mujeres gordas como la aceptación de que las gordas marginadas son bonitas y deseadas por los hombres? No busco ser bonita, busco ser valorada y respetada”.

 

En Estados Unidos, la Asociación Nacional para el Avance en la Aceptación de la Gordura (NAAFA, por sus siglas en inglés) ha editado una serie de recomendaciones para médicos y personal de salud acerca de cómo comportarse con sus pacientes gordos. El objetivo, según plantea el documento, es crear un entorno “neutral ante el peso”, es decir, un enfoque médico que evite relacionar automáticamente el sobrepeso (nuevamente, dictado por el parámetro del IMC) con la enfermedad. El material también pide a los proveedores de servicios de salud que se abstengan de recomendar dietas o restricciones alimenticias a las personas por el simple hecho de que tienen más volumen del esperado.

Lo que sí se puede hacer, sigue el manual, es mostrar sugerencias de actividad física y de alimentación saludable sin relacionarlas en modo alguno con el peso, es decir, hacer las recomendaciones que se harían a una persona considerada como de peso normal.

 

El placer de la comida

En el intento por dejar de satanizar el sobrepeso ha cobrado fuerza el movimiento Health at Every Size (HEAS) o Salud con cualquier talla, impulsado por la Asociación por la Diversidad de Tallas y la Salud de Estados Unidos. Fuertemente criticada, pero también ampliamente respaldada (más de 12 mil personas han manifestado electrónicamente su compromiso con sus principios), esta ideología se sustenta en premisas que no están libres de polémica, por ejemplo, que rechazar la obesidad “no ha hecho que desaparezca”, así como perder peso tampoco hará, necesariamente, que las personas sean más sanas o siquiera más felices. También incentiva a las personas a cuestionar los hallazgos científicos acerca del tema. Como corolario, defiende el componente de placer que se encuentra en la comida, por lo que apela a que cada individuo atienda a sus propias sensaciones de hambre y saciedad, sin presiones externas.

Las críticas dirigidas a la propuesta de HAES se basan en lo que la ciencia ha documentado como verdaderos riesgos de salud que acechan a las personas con sobrepeso u obesidad.

Diabetes, hipertensión, infarto, apnea del sueño, infertilidad y hasta cáncer han sido relacionados directamente con tener un mayor peso corporal. Si bien no todas las personas gordas tendrán todas estas enfermedades, la investigación sí ha arrojado que los porcentajes de incidencia son más altos en personas con más peso.

Sin embargo, el movimiento gordo también encuentra datos duros con los cuales sustentar sus dichos. Por ejemplo, un estudio publicado en 2014 en la revista Health Psychology Review, en el que se incluyó a 9 mil 584 adultos, reveló que la “insatisfacción crónica” con el propio peso incrementa el riesgo de diabetes tipo 2, independientemente del IMC de la persona. En la investigación, el riesgo fue más alto en las personas que ya estaban insatisfechas con su peso o que comenzaron a estar insatisfechas durante el periodo de observación, comparado con las que ya estaban satisfechas o que comenzaron a estarlo en ese mismo lapso.

El futuro del movimiento

Polémico o no, socorrido o repudiado, el movimiento gordo enfrenta sus propios dilemas internos. Algunas de sus integrantes, sobre todo las feministas, cuestionan que las mujeres gordas acepten seguir siendo objetos sexuales con el discurso de que “aunque sean gordas” son atractivas. Así lo escribe Lindsey Averill, autora del blog Feminist Cupcake, al criticar la canción All about that bass, de la cantante Meghan Trainor, la cual narra el consuelo que encuentra al aceptar sus curvas y saber que “a los chicos les gusta un poco más de trasero para agarrar por la noche”. ¿Es en serio?, se pregunta Averill, también co-directora del documental Fattitude (2016). “¿Por qué visualizamos el empoderamiento de las mujeres gordas como la aceptación de que las gordas marginadas son bonitas y deseadas por los hombres? No busco ser bonita, busco ser valorada y respetada”.

No muy lejos de esta opinión está Charlotte Cooper, quien se describe a sí misma como psicoterapeuta, promotora cultural y gorda. La última publicación de su blog Obesity Timebomb tiene fecha del 19 de enero pasado. Ahí, Cooper anuncia una pausa indefinida en su blog. Alude razones personales, pero también al hecho de que lo que un día se llamó la “gordósfera”, un mundo lleno de blogueros y activistas del movimiento gordo, se ha apagado. “Hoy es más difícil que nunca encontrar voces radicales sobre la gordura, aun cuando hay un ruido de fondo de algo llamado ‘cuerpos en positivo’”, dice sobre el más reciente movimiento de aceptación del propio físico, y deplora el “artero conservadurismo” de las posturas antes radicales. El activismo gordo, afirma, debería ser “más extraño y más libre” para poder ser más eficiente.

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