Ucrania: lo que vino después de ‘Winter on Fire’

El cine y la televisión tienen un poderoso efecto sobre nuestra manera de ver el mundo. En los últimos tiempos me he encontrado a muchos entusiastas de lo que fue la batalla en Ucrania, hace tres años, que llevó a la caída de Víktor Yanukóvich, y abrió paso al establecimiento de un gobierno prooccidental en el cabal sentido de ese término.

El documental Winter on Fire, producido por Netflix, es la base principal para el entusiasmo de no pocos, convencidos a esta hora de que a regimenes como el de Nicolás Maduro ya no se le podrá sacar ni con votos, ni por vía pacífica. Ya sería harina de otro costal discutir por qué hemos llegado a este punto en Venezuela, en este 2017.

Confieso que sabía poco o nada de Ucrania hasta este año. Estuve como jurado internacional en el festival de cine documental One World en Praga, República Checa, y allí coincidí con Tetiana Pechonchyk, quien también formaba parte del jurado. Tetiana es una valiente defensora de derechos humanos y me ayudó a entender que Ucrania está lejos, muy lejos, de haber encontrado una solución al conflicto político-institucional que le atraviesa.

La batalla de 2014 abrió paso, efectivamente, a un cambio de envergadura porque puso fin al régimen antieuropeo de Víktor Yanukóvich, pero la violencia que se desencadenó en 2014 no volvió a su cauce, como suele suceder cuando se abre ese dique. Más de 10.000 personas han muerto por armas de fuego desde 2014 y un millón de ucranianos están desplazados dentro de su país, pero dejando atrás sus hogares y poblaciones de origen.

Si usted lee hoy –por ejemplo– el más reciente informe de Amnistía Internacional sobre Ucrania queda en evidencia que las violaciones, desmanes y abusos las cometen en mayor medida los actores armados a favor de Rusia, pero muy a la par se ubican los excesos de las fuerzas que buscan defender la vigencia de Ucrania como Estado soberano y parte de Europa.

Todos actúan dentro de territorio ucraniano y enfocan sus acciones contra los que consideran el bando contrario, actuando abiertamente contra civiles. Ucrania, después de toda la polvareda mediática y política que levantó en 2014-2015, siendo un foco de las preocupaciones de diversos países y entidades como la Unión Europea, vive hoy una guerra civil de baja intensidad que ha sido olvidada por esa misma comunidad internacional.

El factor Putin, sin duda alguna, le da unas connotaciones específicas al conflicto irresoluto de Ucrania. Rusia en 2014 se anexó el territorio de Crimea, en medio de la batalla civil que se vivía en Kiev. En este mes de julio las autoproclamadas “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk (que eran provincias de Ucrania) avanzaron en su “independencia” para pasar a ser una suerte de satélites de Moscú. Este desmembramiento efectivo del territorio ucraniano no ha podido ser detenido por las declaraciones, amenazas y sanciones de la comunidad internacional contra Rusia (que mueve los hilos detrás del telón).

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La llegada de Donald Trump al poder hizo que de nuevo tímidamente se volviera la mirada al conflicto latente en Ucrania. La abierta simpatía de Trump con Putin obviamente le restó un piso de apoyo importante que tuvo el gobierno de Kiev durante la administración Obama.

Al colocar la mirada en lo que ha ocurrido en Ucrania, lejos de lo que puntualmente narra Winter on Fire (hecha en 2015), no pretendo para nada descalificar la lucha que dieron los ucranianos hace tres años. Sí quiero poner el acento en la inviabilidad de pensar en el trasplante mecánico de modos de transición, siendo contextos tan diferentes, como han pretendido muchos promoviendo como ejemplo lo que cuenta el documental.

Ni Venezuela es Ucrania ni Maduro es Yanukóvich.

Se trata, en todo caso, de pensar con cabeza propia sobre cómo debe alcanzarse un cambio democrático en Venezuela, respondiendo a la naturaleza del régimen autoritario que existe en el país y también interpretando adecuadamente claves históricas de nuestro país, sin hacer maniqueas comparaciones.

Si algo deberíamos aprender de Ucrania es el tema de la violencia armada. Una vez desbordada, no ha podido ser contenida en estos tres años, afectando obviamente todos los espacios de la vida cotidiana. Un caso emblemático, contado por periodistas, es la fábrica de coque de Avdiivka, la más grande de toda Europa, la cual sigue funcionando pese a quedar atrapada en la línea de fuego: desde 2014, un total de 9 de sus trabajadores fueron muertos por las balas de uno u otro bando y más de 50 han resultados heridos.

Me parece necesario insistir en el caso de Venezuela que tan importante es el objetivo (el fin de la dictadura) como el método que se use para alcanzar dicho fin. Si de algo sirve el fervor que ha causado –entre muchos de nosotros– la lucha por poner fin al autoritarismo de Yanukóvich en Ucrania, ese mismo entusiasmo debe emplearse en ampliar el rango de visión. Las acciones generan consecuencia, siempre.

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Fuentes

Amnistía Internacional. Informe 2016/2017. En: https://www.amnesty.org/es/countries/europe-and-central-asia/ukraine/report-ukraine/

BBC Mundo. Los testimonios de los que viven en Ucrania en medio de un conflicto del que el mundo se olvidó. http://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-40641124

Bonet, Pilar. Relato de la vida cotidiana en el frente ucranio a través de una planta de carbón. En: https://elpais.com/internacional/2017/03/20/actualidad/1490029493_653408.html

El País. Desmembración de Ucrania. En: https://elpais.com/elpais/2017/07/21/opinion/1500656604_785557.html

Poroshenko, Petró. La revolución de la dignidad. En: https://elpais.com/internacional/2016/11/24/actualidad/1479985727_926761.html

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