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Somos los Lengua Larga | Antonio Aguilera

A Miroslava y los otros 102

 

El silencio en México se paga a balazos. Nuestra nación es uno de los países más peligrosos del mundo para realizar labores periodísticas. Nuestro oficio ya se encuentra en la mirilla no solo del crimen organizado, sino de todos los poderes fácticos establecidos –legales o ilegales- y que campean a a sus anchas en nuestro país.

Las amenazas, la impunidad y la persecución contra los periodistas tienen como objetivo el control de la información, y conlleva a la indefensión de una población desinformada en temas de corrupción y narcotráfico.

El  Comité  para  la  Protección  de  Periodistas,  Comisión  Nacional  de  Derechos  Humanos  (CNDH),  Comisión  Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), Reporteros Sin Fronteras, Freedom House, la ONU, el Centro Internacional para Periodistas, y Periodistas en Riesgo, indican que el nuestro, el oficio de informar, es ya un trabajo de alto riesgo, pero a diferencia de policías, jueces y gobernantes, aquí nadie nos protege.

Por eso, agredir a un periodista en México, o matarlo a tiros como el último caso de Miroslava Breach, corresponsal del diario La Jornada –mi alma mater- que fue asesinada ayer jueves en la ciudad de Chihuahua, no se castiga casi en ningún caso con una sentencia condenatoria por parte de la Justicia.

La crónica de su ejecución, hecha por sus propios compañeros de La Jornada, resulta escalofriante: “Las primeras investigaciones señalan que el hombre estuvo apostado a unos metros de distancia de donde vivía Miroslava Breach, y mientras ella apuraba a su hijo para llegar a tiempo a la escuela, el homicida se colocó frente a la camioneta y realizó dos disparos, luego caminó hacia el lado del conductor y abrió fuego desde el otro costado, por último, disparó por la parte trasera del vehículo con un arma calibre 9 milímetros…. En ese contexto, el atacante de la periodista, luego de disparar, dejó una cartulina en la que estaba escrito: “Por lengua larga. Siguen llegados al gobernador y el gober. El 80”.

Pero ante la muerte de un periodista, lo que más duele es la impunidad: de acuerdo con la Fiscalía para la Atención de Delitos Cometidos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), en algo más de seis años -de julio de 2010 al 31 de diciembre de 2016- se registraron 798 denuncias por agresiones contra periodistas.

Pues bien, de esas 798 denuncias, de las cuales 47 fueron por asesinato, la FEADLE informó en respuesta a una solicitud de transparencia que solo tiene registro de tres sentencias condenatorias: una, en el año 2012; y otras dos en 2016. O en otras cifras: el 99.7% de las agresiones no ha recibido una sentencia.

Por otra parte, de las 798 denuncias por agresión a periodistas, la FEADLE informó que solo 107 han dado como resultado que el presunto agresor fuera consignado ante un juez. Esto es, el 13% de los casos, o solo uno de cada 10. El resto, continúan impunes.

Pero también cala la indolencia: el presidente Peña Nieto tardó apenas unas horas en enviar dos tuits de condolencia por el atentado en Londres, a nombre “de todos los mexicanos” Pero por el asesinato de la periodista Miroslava Breach no ha dicho nada.

Datos del Comité para la Protección de Periodistas (CPJ por sus siglas en inglés), a México como el sexto país más peligroso para la prensa a nivel mundial debajo de países como Somalia, Irak, Siria, Filipinas y Sudán del Sur, varios de ellos con conflictos en guerra.

A nivel regional, la nación es la más violenta para ejercer el gremio periodístico en toda América, secundado por Brasil que se sitúa en un noveno lugar internacional. La estela de asesinatos que ha llevado a México a ese nada honroso peldaño se ha cobrado la vida de 103 periodistas en los últimos 17 años, 30 durante el sexenio de Enrique Peña Nieto, como reporta la organización Artículo 19.

El jueves 23 de marzo, fueron 8 las balas que callaron a Miroslava Breach, y ella se suma a la congeladora de las estadísticas, las cuales indican que el suyo, es el tercer asesinato de un periodista en México en lo que va de 2017, y el segundo en apenas cuatro días, luego de que el pasado 19 de marzo Ricardo Monlui, periodista de El Político y El Sol de Córdoba, fuera acribillado a tiros en Yanga, Veracruz.

“Miroslava era una profesional íntegra; de las corresponsales más importantes y confiables de La Jornada. A ella le tocó cubrir la peor etapa de la Guerra contra el Narco en Chihuahua y siempre estuvo al pie del cañón haciendo su trabajo”, dijo en entrevista Javier Valdez, compañero de Miroslava en el diario capitalino y autor de Narco Periodismo, entre otras obras.

Precisamente, el 6 de agosto del año pasado, Miroslava publicó una investigación en La Jornada sobre cómo grupos del crimen organizado desterraron a centenares de familias de la sierra de Chihuahua. Dicho trabajo, al final le costó la vida.

Desde que arrancó la absurda guerra contra el narcotráfico de Felipe Calderón, el ejercicio periodístico pasó de ser un oficio social a un trabajo de alto riesgo. De hecho, hasta el asesinato de Ricardo Monlui, Artículo 19 contabilizaba 102 asesinatos desde el año 2000, de manera que con Miroslava Breach sumarían 103.

Los ataques contra periodistas tienen como principal objetivo el control de la información que los reporteros han investigado y pretenden divulgar a través de medios oficiales o en sus páginas personales. De esta manera, se cierra una ventana de información a la que hubiera tenido acceso la población.

Además, este silencio adquiere una relevancia multidimensional ya que los  ciudadanos  disponen  de  menos  elementos  para  tomar  decisiones  y  de exigir la rendición de cuentas de su gobierno. En consecuencia, la violencia contra periodistas conlleva a la indefensión de una población desinformada en temas de corrupción ante un Estado que se muestra aparentemente democrático.

La agresión o muerte de un periodista no solo es rechazable por la injusticia y dolor por esa persona, sino por la agresión a las herramientas que permiten el fortalecimiento de la ciudadanía.

Sin embargo, la prensa no se detiene, y por más incomprensible que parezca, se nace con el valor de informar, muy a pesar de las nulas garantías para hacerlo y también ante la indolencia del público para el cual trabajamos.

 

 

 

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