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El imperio de los rednecks | Antonio Aguilera

Hablemos primero de Obama. El primer presidente afroamericano de los Estados Unidos se va con uno de los respaldos populares más grandes, paradójicamente con más apoyo fuera de su país y con una excelente prensa.

Obama es ya sinónimo de nostalgia, de buenos recuerdos, de grandes simpatías y de un político humanista. Sin embargo, cometió errores y no pudo cumplir con sus promesas: reforma migratoria, un sistema fuerte de seguridad social, control de armas, y un largo etc.

Por ello, podemos interpretar que perdió la Casa Blanca y perdió las dos cámaras del Congreso, lo cual representa que su legado se remita a algunas lindas fotos y lindos videos, pero no a una proyección política fuerte. Obama ideologizó el último tramo de su presidencia, y como pocos, fue un Presidente que se metió de lleno a la campaña, lo cual le costará que sus programas, sus propuestas y sus políticas estén condenadas al olvido, para menoscabo del mundo entero.

Obama se va y el mundo entero tiembla.

 

Trump: ódiame más

 

El discurso mediante el cual Donald Trump inauguró su presidencia, no dejó lugar a las especulaciones: “Nos reunimos hoy aquí y emitimos un nuevo decreto para que se oiga en toda ciudad, en toda capital extranjera, y en todo mundo del poder: desde este día en adelante una nueva visión regirá en nuestra tierra, desde este día en adelante va a ser sólo primero Estados Unidos, ¡primero Estados Unidos!”.

El empresario neoyorquino no inventó nada, no innovó en nada, y él lo sabe, solamente recurrió a la vieja doctrina que ha guiado las ambiciones imperiales de Estados Unidos desde hace dos siglos: la Doctrina Monroe.

La Doctrina Monroe es el nombre por el que se conoce a la política exterior adoptada por los Estados Unidos respecto a los países Latinoamericanos. Conocida principalmente por la frase de “América para los americanos”, marcaría el desarrollo de las relaciones internacionales en dicha región desde que fuese formulada en 1823 hasta nuestros días.

El viejo discurso estadunidense, mediante el cual ellos se asumen como “América” y al resto de la franja continental como “Latinoamérica”, jamás ha identificado el límite de sus “fronteras”, ya que este concepto, en el espíritu de esta añeja doctrina del Presidente James Monroe, se delimitan hasta donde los intereses de los Estados Unidos quieran, es decir, más allá del Río Bravo y más. Eso ya todos los sabemos.

Si bien la vieja política exterior de la esfera estadunidense gira en torno a la frase conocida como “América para los americanos”, también ha servido como base para su política de intervención en la vida interna de “Latinoamérica”, desde el siglo XIX.

El desarrollo de las relaciones internacionales de la potencia americana tras la Segunda Guerra Mundial, cambió el rol de su papel en Iberoamérica, pasando de valedor de la independencia de las naciones americanas frente a naciones exteriores a guardián del sistema capitalista en todo el mundo.

Ahora bien, Donald Trump cambió las tornas: Se sabe que la promesa de construir un muro en la frontera con México fue uno de los ejes de campaña de Donald Trump, mostrando su disposición a profundizar una política migratoria que en la era Obama ya se reveló especialmente dura con más de 2,5 millones de inmigrantes deportados desde 2009.

En su intento de consolidar la base de una agresiva política de “Norteamérica para los norteamericanos”, en una suerte de versión moderna de la doctrina Monroe puertas adentro, su blanco fueron los mexicanos, -el 52 % de los 11 millones de migrantes sin estancia legal que viven y trabajan en los empleos más precarios en Estados Unidos-, a quienes tildó de “violadores, delincuentes y narcotraficantes” que serían peligrosos para Estados Unidos.

Pero México no sólo sufre la rapiña imperialista norteamericana que se sirve de su mano de obra hiperexplotada, de sus recursos energéticos como muestra el gasolinazo en curso, de la militarización al servicio de sus intereses estratégicos, etc.; sino que perdió más de la mitad de su territorio a manos de su poderoso vecino del norte, por lo que gran parte de las fronteras que Trump pretende “proteger” de México en realidad le pertenecían a este.

Pero el discurso de Donald Trump, de recuperar la “grandeza” de Estados Unidos (como si no la tuviera ya), caló hondo en lo más profundo del Estados Unidos “salvaje”: su propuesta más sonada es la ampliación del muro que separa México de EE.UU. Además, desprestigió a los hispanos y manejó un discurso con expresiones racistas y discriminatorias. El eco de sus peroratas fue el llamado “gringo”, el blanco caucásico de clase baja. Estamos hablando de los Rednecks, un estereotipo de la población de Canadá y Estados Unidos de ideales conservadores y, por ende, también las creencias racistas en contra de los que son diferentes a ellos.

Los rednecks son los estereotipos de la parte sureña de Estados Unidos, en donde prevalece el idealismo conservador y por supuesto se considera que no poseen tantos niveles académicos ni adquisición monetaria estable, es decir que estaríamos hablando de la clase baja de EE.UU.

Reciben su nombre porque suelen trabajar largas jornadas laborales bajo el sol poniendo, sus cuellos de color rojizo.

Si bien, el Gobierno de Trump no será manejado por estos “gringos” que nos recuerdan al personaje de Cletus de Los Simpsons, serán ellos quienes galvanicen su discurso, serán ellos quienes lo defiendan, serán ellos quienes se sientan orgullosos de su Presidente.

El imperio de los rednecks será mediático, sin dudad, pero está condenado a ser mediocre, como ellos son. ¿Pero qué sucederá en nuestro país?, en este momento nadie puede aventurar una respuesta.

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